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La Coctelera

PESTILENCIA COTIDIANA

2 Abril 2008

LA CRISIS DE LOS TREINTA

Acabas de cumplir veintinueve años y empiezas a preguntarte cómo será la crisis de los treinta. Todo tu "entorno" —odiosa expresión— parece someterte anticipadamente al interrogatorio decisivo, al cruel e inapelable juicio de los treinta. De pronto te sientes acorralado y tus dos mitades se ven sometidas a un juicio común: a un lado, asustado, quebradizo, solo, indefenso, aparece tu yo, tu "verdadero" rostro; al otro, nervioso, agresivo, ansioso, asustado, está tu yo ideal, ese yo que querías ser y que todavía no ha terminado de formarse. Ambos están en el banquillo. Todas las voces circunstantes se han unido en un odioso coro acusador y van a someterte a juicio, quién sabe si también a una condena. ¿Qué estás haciendo con tu vida? ¿Hacia dónde deberías llevarla? ¿Puedes cambiar el rumbo? ¿Estás entrando en el agujero negro? ¿Eres capaz de encajar con alguien?

Este Amo acusador mantiene una estrategia tan tosca como efectiva: me provoca, después me seduce, a continuación me humilla, más adelante me halaga. El resultado final es la dependencia. Siempre. Si lo escucho soy su esclavo; si lo desobedezco, mi rebeldía me acaba provocando mucha ansiedad. Lo único cierto es que me paso el día luchando contra él. No soy capaz de ignorarlo. No tengo la fuerza necesaria para dejar de estar sometido, de una manera o de otra, a sus imperativos, sus juicios y sus burlas. Es una lucha inútil en la que siempre acabo perdiendo.

Pese a ser un tirano simplón y predecible, el Amo no deja de martirizarme con su insoportable arsenal de imperativos y reproches: "Disfruta", "No eres creativo", "Apúntate a un curso", "Haz ejercicio", "No leas tanto", "Eres aburrido", "Folla", "Preséntate a un concurso", etc. Y así sucede día tras día, por cualquier motivo, ya sea a causa de mi pereza o de mi hiperactividad, de mi megalomanía o de mi humildad. En cualquier situación, allá donde hay un segundo de vacilación o de inseguridad, siempre que dudo entre el atrevimiento y la resignación, el Amo aparece y me somete a su juicio caprichoso, ya sea en forma de acusación o, peor aún, de burla.

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30 Marzo 2008

CONSUMIR

Para empezar, debes cambiar tu manera de caminar. Esos andares son toscos, rígidos, poco excitantes. Busca un nuevo calzado, no separes tanto las piernas, no abras los pies. Mira a lo lejos. Seduce. Aprende a caminar con estilo.

Y no leas tanto. Las novelas nunca te han enseñado nada, y ya ni siquiera te sirven para mejorar el estilo. Cada día escribes peor. Analizas. Juzgas. Criticas. Nada más. No eres capaz de inventar nada nuevo. No tienes fantasía. A veces cae un libro en tus manos y no paras de repetirte: "¡Oh, eso ya lo pensé yo en su momento!". Y es cierto. Lo pensaste. Pero no te atreviste a escribirlo.

No es tarde. Puedes hacerlo. Tienes que sentirte querido, pero para eso tienes que ser deseable. La soledad voluntaria es una forma vulgar de egoísmo; la soledad absoluta, un ingenuo retiro para ocultar tu miedo a una caída aún más brusca. Debes cambiar. Corrige esos andares, afeítate la cabeza, renueva tu vestuario. Busca algo moderno, alegre, vistoso, a ser posible diferente. Hay camisas baratas en Adolfo Domínguez. Elige bien. No trabajas para vivir como un vagabundo. Gasta. Y cambia de gafas. Haz senderismo. Haz un curso de fotografía. Empieza de nuevo. Es tan fácil como eso. Sal. Cambia. No te desaproveches. Disfruta.


consumir.

(Del lat. consumĕre).

1. tr. Destruir, extinguir. U. t. c. prnl.

2. tr. Utilizar comestibles u otros bienes para satisfacer necesidades o deseos.

3. tr. Gastar energía o un producto energético.

4. tr. Dicho de un sacerdote: Recibir o tomar la comunión en la misa. U. t. c. intr.

5. tr. coloq. Desazonar, apurar, afligir. U. t. c. prnl.

6. tr. ant. Dicho de los legítimamente casados: consumar.

7. prnl. Col. y C. Rica. Zambullirse en el agua.

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29 Marzo 2008

CONTRA LA EXCEPCIONALIDAD ESPAÑOLA. España no es diferente.

Entristece echar un vistazo a las listas de libros más vendidos en España. Cada semana, junto a los ya habituales títulos de Ken Follet o J. K. Rowling, entre los pelotazos mediáticos de Punset y José Antonio Marina, encontramos siempre algún gran tomo relacionado con aquello que coloquialmente solemos denominar, con más o menos acierto, “la idea de España”. Así, desde célebres historiadores hasta filósofos de renombre, desde tertulianos de emisora de radio hasta ex presidentes del gobierno, son muchos los autores que se lanzan a la aventura de encontrar o relanzar la excepcionalidad española. Los títulos de estas obras suelen rozar lo épico y lo angustioso, la exaltación romántica y el pesimismo desgarrador; se habla del regreso de las dos Españas, de las diecisiete ideas de España, de España ante el desafío de la Modernidad, de la España plural en la encrucijada, de España como problema, España no es un mito, España amenazada, Zapatero I de Expaña o, como en el caso de Sánchez Dragó, que ha recurrido a un chiste fácil: y si habla mal de España... es español.

Este panorama editorial resulta deprimente por varios motivos. En primer lugar, entristece porque permite confirmar que los españoles no sólo compran pocos libros y leen aún menos, sino que además tienen un gusto literario bastante trasnochado. En segundo lugar, demuestra que una gran parte de la derecha española, educada tal vez en los valores románticos y épicos de otros tiempos, mantiene una tendencia masoquista y morbosa que le lleva a hurgar continuamente en su herida más dolorosa, a saber, la del fracaso de España como imperio, como guía universal y como faro evangelizador y romántico frente a los perversos valores que representaba una Europa moderna, laica y liberal (a decir verdad, sólo una parte de Europa). Por último, permite comprobar que todavía se insiste en estereotipos (la imagen romántica de España), crisis históricas (el desastre del 98, el fracaso de la II República, la guerra civil, la posguerra, etc) e interpretaciones culturales e historiográficas (la picaresca como freno para la modernización social, la ausencia de una revolución burguesa, el fracaso de la industrialización en el sur de España, etc) para configurar un panorama dramático y extremadamente pesimista de la España contemporánea.

A decir verdad, somos muchos los que creemos que España no es un país especial. Esa es nuestra modesta y desapasionada posición. Desde luego no trataremos de negar la importancia de algunos acontecimientos excepcionales de nuestra historia reciente, como la guerra civil y la posterior dictadura militar de cuarenta años. Se trata, sencillamente, de atribuir estos problemas a factores económicos, sociales e históricos, y no a la particular forma de ser de los españoles. Precisamente fue el estereotipo de la España romántica lo que sirvió a los tecnócratas del Opus Dei para legitimar la dictadura franquista. Se decía que los españoles no estaban preparados para vivir en democracia, que eran demasiado apasionados, que tenían una tendencia innata a la pereza y que no sabían resolver sus diferencias de forma pacífica. También se decía que los españoles eran feos y de corta estatura, aunque los últimos treinta años hayan servido, entre otras cosas, para confirmar que las mejoras políticas y económicas también pueden tener unos efectos sorprendentes en los cuerpos, en la sexualidad e incluso en el gusto estético.

En definitiva, no aceptamos la “excepcionalidad española”. Es cierto que el siglo XIX español no fue como el francés, el alemán o el británico, pero tampoco fue muy diferente al portugués, al griego, al serbio o al turco. Junto a los fracasos colectivos hubo también otras realidades positivas: primeros códigos de leyes, construcción de una administración de justicia, industrialización en el norte del país, crecimiento económico más o menos sostenido desde 1870, desarrollo de algunas ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao, formación de una sociedad civil, primeros movimientos obreros y primeros pasos para proyectos educativos como la Institución Libre de Enseñanza.

La ausencia de una gran transformación industrial y liberal en la España contemporánea admite diferentes explicaciones. Y me atrevería a asegurar que todas ellas, mal que les pese a los historiadores y ensayistas románticos, no se deben a problemas de conciencia nacional ni a la singularidad del carácter español. Las causas deben buscarse en otros factores. Por apuntar sólo algunos, habría que insistir en el escaso empuje de los incentivos favorables a la inversión y la innovación ante un marco institucional que discriminaba la reinversión de los excedentes en el proceso de producción; en las desventajas derivadas de una orografía poco favorable para el desarrollo en infraestructuras y una climatología poco propicia para la diversificación productiva; en la baja calidad de la tierra en una gran parte del territorio peninsular, especialmente en las zonas centro y sur; o en la ausencia de los recursos naturales fundamentales para el crecimiento económico hasta bien entrado el siglo XX.

Estas explicaciones causales, confirmadas por historiadores tan prestigiosos como Juan Pablo Fusi, José Álvarez Junco, Jordi Palafox o Gabriel Tortella, son el resultado de importantes trabajos empíricos y de interminables discusiones académicas. Ninguno de estos argumentos, no obstante, es suficiente para vender un best-seller, ni para crear una bitácora polémica, ni para mantener una divertida tertulia de café junto a intelectuales literarios, y mucho menos para transformar algunos de los tópicos más arraigados acerca de la “españolidad”, la “esencia de España” o el destino fatal de España (o Expaña, como dicen los malos agoreros). Ni tan siquiera el debate político suele canalizarse a través de estos argumentos.

Es por esta actitud, por esta falta de profundidad, por esta extraña pereza mental de algunos españoles, por esta aceptación casi inconsciente de los estereotipos y las visiones esencialistas frente a las explicaciones causales y los trabajos empíricos, por lo que algunos hemos llegado a asegurar que la España contemporánea huele a cloaca. Con esto no queremos ofender a nadie; no dictamos una condena a cadena perpetua, ni tampoco una pena de muerte. Reconocemos la capacidad de nuestro reo para cambiar, para abandonar sus malos hábitos y para asearse un poco el rostro, los dientes e incluso el recto. Del mismo modo que hemos aprendido que los españoles no somos enanos y feos por naturaleza, también podemos aprender a asearnos y a respetar el derecho de los demás a respirar bien. Pero para ello, claro, antes habrá que aceptar que fue la modernidad la que nos trajo los grifos con agua caliente, y que hasta la roña más incrustada puede desaparecer cuando uno dispone de las condiciones necesarias para que así suceda.

Tags: ensayo

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29 Marzo 2008

VIOLENTAR LA ESPERANZA

Ignoro la razón por la que decidí salir a la montaña con toda esa legión de nerds, funcionarios, internautas, pajilleros y fracasados. Es cierto que últimamente me sentía demasiado solo. No puedo negar que el silencio de mi rutina empezaba a ser estridente, chirriante, casi ensordecedor. Había muchos motivos para hablar de angustia y desesperanza. Sin embargo, ningún motivo racional podía justificar mi presencia allí, en esa siniestra convocatoria de nerds del senderismo.

Era angustioso pensar en ello. Allí estábamos todos: Toxicosmos01, Nikolai_Starbucks, federico1964, Mojadita, Atanasyo, Transgresorix y todos los demás. Todos formábamos parte del foro de www.andarines.com, un estúpido portal de senderismo en el que se organizan quedadas para practicar este deporte de fracasados. Desde luego el grupo daba auténtica pena: solteros, cuarentones, aburridos, canosos, funcionarios... Un perfil de lo más desalentador. Es obvio que esta gente sólo podía organizar una convocatoria para caminar por la montaña. De haberse propuesto alguna cosa divertida, no hay duda de que los hubieran echado a todos por matafiestas.

Empezamos la ascensión a la Laguna de Peñalara hacia las 9:25. Tras subir un par de repechos de pendiente considerable, sin apenas tiempo para disfrutar del paisaje, el funcionario Atanasyo se situó a mi altura y empezó a bromear conmigo. Confieso que al principio me molestó su presencia. Tan pronto como lo vi supe que jamás nos llevaríamos bien. Y no, no era una intuición pesimista: era simplemente la valoración que sigue a la larga experiencia acumulada, a la repetición de un fracaso tras otro, a la asunción resignada de mi incapacidad crónica para comunicarme con el prójimo.

Sorprendentemente, no tardé en descubrir que el tal Atanasyo no era insoportable del todo. Era vulgar, desde luego, pero al menos no iba de listo. Es importante que la gente sencilla no hable de literatura o de cine. Conviene no mostrar un ego hinchado a las primeras de cambio. La gente egocéntrica suele despertar mi vena más arrogante y provocadora, y eso me acaba produciendo mucha ansiedad. Pero Atanasyo, por suerte, no parecía un bocazas. Su manera de hablar era espontánea, natural, sencilla. Me habló de su pueblo, de su llegaba a Madrid, de sus primeros trabajos en la capital, de su primera novia, de sus problemas con el inglés y de algunas banalidades más. Yo le escuchaba atentamente, sobre todo para evitar que se metiera en mi vida.

De pronto nos dimos cuenta de que habíamos dejado muy atrás al resto de compañeros. Los veíamos a lo lejos, como si fueran pequeñas e insignificantes hormiguitas. Estábamos totalmente separados del grupo. Entonces Atanasyo y yo nos miramos en busca de una solución. Quizá lo más lógico hubiera sido esperar a los demás, pero ninguno de los dos se atrevió a decir nada. Simplemente arqueamos las cejas, miramos hacia la cima de la montaña y seguimos avanzando.

Tras unos minutos de gélido silencio, quizá angustiados por nuestra radical separación del resto del grupo, el funcionario Atanasyo cometió la osadía de preguntarme por mi vida. En ese instante me sentí muy incómodo, casi bloqueado. Su entrometida pregunta me provocó un escalofrío que me sacudió el cuerpo desde la nuca hasta el recto. No me gusta que se metan en mis asuntos. Tengo muchos puntos débiles, pero hay uno especialmente intenso: me irrita que me desnuden, me asusta que me conozcan demasiado bien. Normalmente prefiero mostrarme a través de máscaras histriónicas, como esos payasos que saben convertir la melancolía en carcajada o la carcajada en una sátira devastadora. Evito por todos los medios hablar de mí. Detesto la charla sentimental, la confesión edulcorada y la vacuidad emotiva.

Atanasyo, sin embargo, no parecía entenderlo; no quería comprender que hay gente que no desea contarle su vida a nadie. No era capaz de asimilar que hablar de uno mismo es una espantosa muestra de mal gusto. De modo que el muchacho seguía preguntando. Por alguna extraña razón tenía que saberlo todo. O quizá solamente preguntaba por preguntar, como los comerciantes más hipócritas, como los niños malcriados, como las mujeres que se cuelgan del teléfono, como los funcionarios aburridos, con esa perversa curiosidad tan habitual en los policías y los paparazzi españoles. Como era de esperar, su apariencia simplona e inocente escondía un temperamento profundamente español, profundamente pesado.

Y el caso es que finalmente consiguió hacerme hablar. No sé por qué caí en su trampa, pero a los pocos segundos estallé y le revelé algunos detalles importantes de mi vida privada. Le dije que vivía solo, que llevaba años sin mojar la porra, que había perdido mis incontrolables apetitos dionisíacos de antaño. Le confesé que llamé a una prostituta y que no pude tirármela, que había empezado a sentir asco ante el sexo femenino, que una mujer desnuda me estimulaba tanto como un trozo de madera. Le conté que nada me parecía más repugnante que mis compañeros de trabajo, y que incluso había renunciado a las clases de inglés de la oficina para no tener que relacionarme con ellos.

No parecía comprenderme. Insistí. Le dije que me sentía apartado del mundo; que había creado un blog para relatar mis experiencias sexuales con frascos y botellas, pero que nadie había conseguido tomarme en serio. Le revelé que había tenido problemas en el recto como consecuencia de estas experiencias, y que incluso había pedido la baja laboral porque no podía permanecer sentado durante más de diez minutos. Le describí con crudeza la intensidad del escozor derivado de mis desgarros. Le dije que me gustaba escribir para machacar a la gente; que odiaba a los bohemios que van a clubes de jazz, y a los funcionarios que van a talleres de escritura creativa, y a los demócratas biempensantes, y muy especialmente a las tías que van de tristes por la vida. Le confesé que mi apatía era absoluta, que no sentía nada, que había empezado a drogarme, que esnifaba coca todas las tardes, que dejaba el gas encendido todas las noches, que no sabía qué hacer para empezar a sentir algo. Le expliqué con aparatosa sinceridad que me sentía muerto, que esperaba todas las noches una revelación, un milagro, una elevación eterna, algo extraordinario.

Atanasyo parecía asustado. Probablemente no había entendido nada de lo que le estaba contando. Quizá sólo quería desaparecer de allí y esperar al resto del grupo para hablar de cosas banales: de comida, de chistes, del tiempo, de la pradera, de fútbol, de política, de la inflación, de turismo, de sexo, de penetración macho-hembra; en una palabra, de cosas normales. Entonces decidí dejarlo en paz.

Tags: microrrelato

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29 Marzo 2008

CONFESIÓN

Ingenuo como pocos, he necesitado muchos accidentes, averías y apagones para comprender que los raíles por los que había conducido mi vida estaban construidos sobre una obsesión enfermiza por tenerlo todo atado y bien atado. No sólo quería predecir y controlar mis aficiones y mi futuro laboral, sino que además calculaba al milímetro mis emociones, mis relaciones con otras personas y mis propias ideas. Hasta hace poco no podía soportar que cualquier persona conocida pudiera llevarme a su terreno; me escandalizaba la posibilidad de que alguno de ellos pudiera dejar al descubierto mi inseguridad, mi vulnerabilidad, mis dudas. Si uno no se domina a sí mismo, ¿cómo puede aspirar a convencer a los otros? Me marqué un proyecto laboral de corte político porque estaba convencido de que el estado del mundo se podía alterar con las manos. Narcisista, ególatra y prepotente como pocos, consideré que mi paso por el mundo no podía limitarse a los placeres cotidianos, y mucho menos a algo tan obsceno como la vida familiar, el aprecio, la amistad y otras ordinarieces. El mundo merecía justicia y yo era la condición indispensable para hacerla aparecer. Cualquier distracción o deleite estético sólo podía asumirse con culpa.


confesión.

(Del lat. confessĭo, -ōnis).

1. f. Declaración que alguien hace de lo que sabe, espontáneamente o preguntado por otro.

2. f. Parte de la celebración del sacramento de la penitencia o reconciliación, en la que el penitente declara al confesor los pecados cometidos.

3. f. En el catolicismo, sacramento de la penitencia.

4. f. Credo religioso.

5. f. Conjunto de personas que lo profesan.

6. f. Der. Declaración personal del litigante o del reo ante el juez en el juicio.

7. f. pl. Relato que alguien hace de su propia vida para explicarla a los demás. Confesiones de San Agustín, de Rousseau.

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28 Marzo 2008

MISÁNTROPO

Alguien dijo que la historia se repite. Un compañero de trabajo y yo coincidimos todos los días en el mismo vagón de la línea 9 de metro. Todos los días nos vemos allí, pero nunca nos saludamos. Yo hago que leo y él se hace el dormido (siempre consigue sentarse en el mismo banco). Cuando llegamos a nuestra parada, Pío XII, nos encontramos en las escaleras mecánicas y fingimos una estúpida cara de sorpresa: "Ey...". Entonces caminamos el uno al lado del otro hasta que llegamos a la oficina, a veces hablando del tiempo y otras comentando la actualidad deportiva o política (a cual menos interesante). Cuando llegamos al ascensor, él mira hacia el techo y con tono indiferente me anima a desayunar con él y con otros compañeros suyos —"a eso de las doce en punto", añade—. Tomo nota y con cara de sinceridad le digo que sí, que hoy me apetece desayunar con ellos. Entonces nos despedimos y nos deseamos "una buena jornada". Un poco más tarde, a eso de las once y media, subo a la cafetería para tomarme mi habitual capuchino. Y lo tomo tranquilo, con la seguridad de que él y sus amigos no aparecerán hasta las doce y media.


misántropo, pa.

(Del gr. μισνθρωπος).

1. m. y f. Persona que, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano.

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28 Marzo 2008

ABURRIMIENTO

Desde hace años me persigue una sensación un poco contradictoria. Por una parte siento que todo o casi todo me aburre mortalmente; por otra, tengo la impresión de que el tiempo transcurre demasiado deprisa. Mi incapacidad para disfrutar se vuelve aún más angustiosa cuando descubro que la aplastante rotundidad de la noche me impide cumplir mis propósitos. Los ojos deben cerrarse cuando aún quedan miles de canciones por saborear, montones de libros por leer y decenas de personas con las que hablar.

Con frecuencia pienso que podría vivir diez veces sin aburrirme un solo segundo: tal es la cantidad de cosas que me interesan. No siento, como otros, esa absurda y a veces histérica necesidad de matar el tiempo. Casi podría decir que no conozco el aburrimiento, si por ello entendemos el "no contar con algo que distraiga". Sin embargo, podría pasarme diez vidas protestando por mi sensación de aburrimiento, si por ello entendemos el "cansancio, fastidio, tedio, originados generalmente por disgustos o molestias".


aburrimiento.
(De aburrir).
1. m. Cansancio, fastidio, tedio, originados generalmente por disgustos o molestias, o por no contar con algo que distraiga y divierta.

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27 Marzo 2008

LA VORÁGINE

Miércoles por la noche. Unas ligeras décimas de fiebre. Soledad. Enciendo el ordenador y entro en el chat. Pronto descubro que está Leo. Le abro un privado. Nos saludamos. El primer intercambio de palabras resulta frío, pero intuyo que todo va a cambiar. Así es. Leo afirma que llegar a los treinta es llegar a la vorágine. Me encanta esa palabra: Vorágine. Tiene fuerza e inspira sentimientos complejos, contradictorios, muy poderosos. Inmediatamente creo entenderle, pero le pido una aclaración. Tarda un poco en responder. Está dudando. Seguro que no es fácil definir un estado tan extraño como la vorágine de los treinta. Entonces recurre a un ejemplo. "Cuando alcanzas una cierta edad tienes la personalidad tan formada que ya es casi imposible encontrar una pieza que encaje contigo". La respuesta no resuelve mis dudas: es más o menos lo que esperaba. Sigo sin comprender el verdadero significado de la vorágine. Y no obstante, creo que es la palabra que mejor define mi estado de ánimo.


vorágine.
(Del lat. vorāgo, -ĭnis).
1. f. Remolino impetuoso que hacen en algunos parajes las aguas del mar, de los ríos o de los lagos.
2. f. Pasión desenfrenada o mezcla de sentimientos muy intensos.
3. f. Aglomeración confusa de sucesos, de gentes o de cosas en movimiento.

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