AMIGOS.En las megalópolis se magnifica la condición ficticia y superficial de las relaciones sociales. El ciudadano está condenado a ser una "persona sociable", aunque en realidad viva devorado por la soledad. Todos somos abiertos, todos consumimos experiencias, todos queremos participar en la euforia hedonista, todos queremos mantenernos en lo alto de la noria, todos somos asquerosamente vividores y felices. Pero de pronto te detienes y sientes que algo ha fallado. Es domingo por la noche. No hay nadie. Estás solo. Nada te llena emocionalmente. Entonces te conectas a internet con alguna esperanza, pero tus ochenta "amigos" de Facebook no han sido capaces de escribirte una sola línea. Ni un solo mensaje nuevo en el buzón de tu correo electrónico. No hay nadie con quien chatear. Y la única persona que te llama por teléfono sólo quiere que alguien le escuche.

CONSENSO. Típica fantasía burguesa e ilustrada que acaba naturalizándose y formando parte del sentido común desde el que interpretamos el mundo. Ocurre igual con otros conceptos típicamente burgueses: voluntad libre, razón pura, libertad de pensamiento, autoayuda, seguridad en uno mismo, equilibrio emocional, autorrealización... Conceptos vacíos y sin fundamento pero a través de los cuales nos creemos en posesión de alguna verdad. Para que un sistema de pensamiento se convierta en dominante no necesita tanques, ni censura, ni tan siquiera vigilancia permanente: sólo requiere la construcción y reiteración de conceptos vacuos pero capaces de convertirse en nuestro discurso común. A eso le suelen llamar consenso. Stalin no fue más que un idiota.

CRISIS. Unos pocos se reinventan con éxito mientras la inmensa mayoría queda atrapada en una lógica de miedo, incertidumbre e instinto de conservación. Es la consecuencia inevitable de la victoria del capital sobre el trabajo. En el siglo XIX era el trabajo el que creaba el capital —cuanto más trabajaba la gente, más engordaba el capital; así, los trabajadores podían presionar a sus patronos (o a sus Estados) para reivindicar una porción mayor de la tarta (¡ellos eran los pasteleros!). Es lo que se llamaba lucha de clases. Ahora eso es sólo una fantasía. El control de los bancos y del capital financiero es tan absoluto que la crisis provocada por ellos acaba llevándose a todos por delante. Por eso aparece ese discurso ideológico según el cual "hay que ayudar a los bancos para salvar a las familias". Por eso podemos ganar 700 € al mes mientras nuestras empresas son multinacionales en expansión con miles de millones de beneficios —si no fuera así, las empresas no podrían crear empleo. En definitiva, ahora es el capital el que crea el trabajo, por lo que el trabajador no puede protestar contra su Amo. Pase lo que pase, siempre ganan ellos. ¿No es una jugada maestra? Nos atraparon, sí. Y nuestros complacientes social-liberales parecen haber encontrado el lado divertido de la historia. ¿Diremos algo alguna vez?

AMOR.Admitámoslo sin hipocresía: Todos acabaremos arruinados, jodidos y solos. Si tenemos suerte, nuestros familiares (y algún amigo) nos despedirán con cuatro paladas de arena en la cara. Pero también habremos tenido momentos de éxtasis, unos cuantos orgasmos, una fiebre adolescente y un poco de amor. Es lo único que nos queda. Dejemos que los sacerdotes nos sigan tachando de hedonistas.

GAZA. ¿Qué decir? No puede haber un fin de año alegre y optimista cuando abres un periódico y te enteras de la enésima salvajada israelí. Sí, ya conocemos su discurso: Israel es la única democracia de Oriente Próximo y todos los demás son fanáticos religiosos con los que no se puede dialogar. Israel tiene influencia y poder mediático para imponer su cínica interpretación. Quizá consigan convertirla en un nuevo dogma, en una frase hecha, en un nuevo eslogan al uso para ese sujeto-acrítico que suele pasar por “hombre normal”. Pero también podrían contar cómo, dónde y por qué financiaron a ese Otro islámico. El laicismo árabe siempre les dio demasiado miedo. No podían aceptar un diálogo con un Otro de verdad. Por eso fabricaron ese Otro grotesco, es decir, ese Otro que no tiene categoría para ser un Otro. Son así de cínicos. Y de asesinos.