* RECUPERO ESTE BR
EVE TEXTO ESCRITO HACE UN AÑO. SE LO DEDICO A UNA FAN DE DEVENDRA BANHART. CON MUCHA TERNURA*


Una joven madrileña me intenta convencer para que la acompañe al concierto de Devendra Banhart. Por un momento dudo, consulto mi agenda y trazo un rápido programa mental para intentar compatibilizar la asistencia al concierto con mis plomizas responsabilidades laborales. Hay posibilidades, le digo. Solamente hay un pequeño problema: hace dos años que dejé de escuchar a Devendra Banhart.

Hay algo en ese sujeto que me chirría, que me resulta antipático, que me carga y que me hace mirar con infinito desprecio a la pequeña pero muy eficaz maquinaria mediática que ha tratado de convertir a este personaje en un nuevo Dylan, en un Nick Drake sofisticado, en un Mesías del folk, en un incuestionable artista de culto y en una especie de revolucionario buenrrollista posmoderno. Quizás pueda pecar de cínico, de rarito incomprendido o de ingenuo desmitificador, pero no puedo dejar de manifestar aquí, en esta ignorada plataforma egomaníaca, que detesto a Devendra Banhart con todas mis fuerzas, que no soporto sus forzados falsetes, que todas sus canciones me parecen iguales y que encuentro tanta frescura en su propuesta neohippie como belleza en una balada jevi.

Ignoro las razones por las que la masa gafapasta sigue mirando al resto de los mortales con esa arrogancia tan ingenua, con ese colmo de petulancia que les puede llevar a creer, a partir de un sorprendente y trasnochado sentido estético kantiano, que poseen un don singular para la contemplación desinteresada, para experimentar lo bello como finalidad sin fin y para captar la auténtica esencia del arte. Queridos y sofisticados "undergrounds de diseño", estúpidos devoradores de "objetos de culto", ingenuos consumidores de ídolos fabricados, insufribles charlatanes de lo estético, delicados jovenzuelos, dejadme que os diga una cosa: creced, madurad, leed a Pierre Bourdieu y abandonad para siempre esa seriedad tan adolescente, estirada y pedantuela.