*NOTA: RELATO INVENTADO*
En uno de esos delirios ocasionales que atormentan a todo estudiante mediocre, a todo aquel que aprueba casi por inercia y se convierte, poco a poco, en un mero número del sistema educativo, ni excelente ni un caso perdido, simplemente mediocre; en una de esas insignificantes mañanas de tedio y autodesprecio, de miedo y de culpa, de frustración e impotencia, deambulando y perdido en un mundo interior tan autodestructivo como vacío, tan sombrío como frágil, tan miedoso como profundamente temerario, se me ocurrió desarrollar la que luego consideré mi primera ilusión romántica: un lenguaje privado. Como esos paranoicos que se sienten observados allá donde van, concediéndose más importancia de la que merecen, se me ocurrió inventar un tipo de escritura que desafiaba toda lógica o convencionalismo, un código intransferible formado a partir del alfabeto griego, un castellano gamberro y numerosas palabras rusas extraídas de novelas decimonónicas (por ejemplo, mujik significaba estudiante y kopec, dinero).
Cuando ayer por la tarde, en casa de mis padres, se me ocurrió agarrar una de esas viejas novelas rusas que amenizaron mis torturadas noches de narcisismo onanista e imberbe, descubrí una hoja en la que tenía anotados decenas de apuntes, frases lapidarias y aforismos ingenuos en esa especie de código privado e indescifrable, que en realidad no era más que mi manera de huir de la presión controladora y normativa de mi madre. La misma presión que me impedía ver una sola película fantástica y que me llevó a desaprovechar bastantes años con actividades que nunca hubiera practicado de no ser por su presión y por mi temor a sus juicios --me refiero al deporte.
En mis primeros ejercicios de confesión ante amigos accidentales y expertos de la escucha me horrorizó descubrir hasta qué punto había desarrollado el miedo al otro, la falta de confianza en mí mismo, la más espantosa parálisis de la voluntad, el temor enfermizo a convertirme, poco a poco, en un cadáver en un universo de seres vivos. Más adelante alguien quiso ayudarme a comprender que ese miedo interiorizado hacia la rígida figura policial de mi madre en realidad era una ficción, y que esa presión, esa vulnerabilidad, ese miedo y esa parálisis hubieran podido aparecer por cualquier otro motivo. En la raíz, según me explicaron, no estaba mi madre, a quien hasta entonces había visto como el gran Otro. La raíz estaba en otro lugar. Consistía más bien en un profundo y soterrado complejo de culpabilidad por haber venido al mundo demasiado tarde, cuando ya nadie me esperaba, simplemente por un error de cálculo. En esa hendidura, al parecer, se podía encontrar la llave para penetrar en habitaciones en las que no era difícil hallar otros miedos y tristezas paralizantes, como la necesidad de pasar desapercibido, la angustia ante la posibilidad de distorsionar lo que había a mi alrededor o mi tendencia inexorable hacia la abnegación.
Confieso que nunca he sido capaz de aceptar plenamente esta explicación tan demoledora. No puedo ocultar, pese a todo, que el descubrimiento de esa relación tan estrecha entre mi experiencia —digamos— biográfica y mi sensibilidad aparente me está llevando, por reacción, a desconfiar de manera absoluta de la supuesta pureza de los sentimientos. Se podría decir que he iniciado una rebelión radical contra mis pasiones, contra todo lo que implique introspección poética y solipsista, en una palabra, contra la ilusión de la verdad interior. He empezado a comprender que incluso mis pensamientos y sentimientos más presuntamente personales, desde la compasión hasta la humildad, pasando por la abnegación, son algo parecido a un panaché de verduras podridas, cocidas en el caldo de la educación disciplinaria y servidas en una bandeja de plomo llamada culpa.

La suspensión del juicio, así entendida, puede ser una buena terapia pero en algún sitio y en algún momento tendrás que "hacer pie".
Wittgenstein decía en las Investigaciones filosóficas que excavando en busca del significado llegaba un momento en que dabas con una roca y ya no era posible excavar más. La roca que encontró, el uso de las palabras, es una solución decepcionante pero sólida. Las Investigaciones son otra buena terapia contra el lenguaje privado.
Saludos.