LA VIRTUALIDAD DE TODA RELACIÓN SEXUAL
Se dice que la aparición del sexo virtual o cibernético ha provocado una ruptura radical con el pasado. Se afirma que el “sexo real” está perdiendo terreno frente al goce masturbatorio, cuyo único sostén es el otro virtual. Maticemos.
El acto sexual "real" (el acto que practicamos con una pareja de carne y hueso) es también inherentemente fantasmático: el cuerpo real del otro sólo nos sirve como apoyo masturbatorio y como sostén para nuestras proyecciones fantasmáticas. En otras palabras, no hay ninguna diferencia esencial entre el "sexo real" y el "sexo virtual"; sencillamente, el "sexo virtual" (por ejemplo, el sexo telefónico, las revistas pornográficas, incluso el sexo virtual a través de webcam, etc.) sólo pone de manifiesto la estructura fantasmática —ilusoria, imaginaria— del "sexo real" que practicamos con una pareja de carne y hueso. El sujeto humano, cuando lleva a cabo el acto sexual con otro sujeto humano, lo hace siempre a través de fantasías; el propio goce que una persona experimente en el acto sexual dependerá únicamente de sus fantasías acerca del acto sexual en sí mismo y acerca del “otro real” que se sitúa en un espacio físico contiguo.
En resumen, cuando la relación sexual se halla desprovista de proyecciones fantasmáticas o éstas no son lo bastante fuertes y vívidas, el acto sexual deviene insignificante, decepcionante y absolutamente banal. Sin la ayuda de las proyecciones fantasmáticas, el acto sexual “real” se reduce a una persona que se masturba en un espacio físico contiguo a otra persona que también se masturba. De ahí que el descubrimiento de esa estructura fantasmática del acto sexual provoque una sensación cercana al desencantamiento, la soledad, el absurdo y la estupidez —una sensación que, dicho sea de paso, todos hemos experimentado alguna vez (o incluso siempre) en la relación sexual llamada real.
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