LA CRISIS DE LOS TREINTA
Este Amo acusador mantiene una estrategia tan tosca como efectiva: me provoca, después me seduce, a continuación me humilla, más adelante me halaga. El resultado final es la dependencia. Siempre. Si lo escucho soy su esclavo; si lo desobedezco, mi rebeldía me acaba provocando mucha ansiedad. Lo único cierto es que me paso el día luchando contra él. No soy capaz de ignorarlo. No tengo la fuerza necesaria para dejar de estar sometido, de una manera o de otra, a sus imperativos, sus juicios y sus burlas. Es una lucha inútil en la que siempre acabo perdiendo.
Pese a ser un tirano simplón y predecible, el Amo no deja de martirizarme con su insoportable arsenal de imperativos y reproches: "Disfruta", "No eres creativo", "Apúntate a un curso", "Haz ejercicio", "No leas tanto", "Eres aburrido", "Folla", "Preséntate a un concurso", etc. Y así sucede día tras día, por cualquier motivo, ya sea a causa de mi pereza o de mi hiperactividad, de mi megalomanía o de mi humildad. En cualquier situación, allá donde hay un segundo de vacilación o de inseguridad, siempre que dudo entre el atrevimiento y la resignación, el Amo aparece y me somete a su juicio caprichoso, ya sea en forma de acusación o, peor aún, de burla.


encontrada dijo
avisame cuando esa novela esté acabada, seré la primera en comprarla, o dependiendo de mi cuenta corriente, en ofrecerte una mamada a cambio de un ejemplar
2 Abril 2008 | 01:51 PM