VIOLENTAR LA ESPERANZA

Era angustioso pensar en ello. Allí estábamos todos: Toxicosmos01, Nikolai_Starbucks, federico1964, Mojadita, Atanasyo, Transgresorix y todos los demás. Todos formábamos parte del foro de www.andarines.com, un estúpido portal de senderismo en el que se organizan quedadas para practicar este deporte de fracasados. Desde luego el grupo daba auténtica pena: solteros, cuarentones, aburridos, canosos, funcionarios... Un perfil de lo más desalentador. Es obvio que esta gente sólo podía organizar una convocatoria para caminar por la montaña. De haberse propuesto alguna cosa divertida, no hay duda de que los hubieran echado a todos por matafiestas.
Empezamos la ascensión a la Laguna de Peñalara hacia las 9:25. Tras subir un par de repechos de pendiente considerable, sin apenas tiempo para disfrutar del paisaje, el funcionario Atanasyo se situó a mi altura y empezó a bromear conmigo. Confieso que al principio me molestó su presencia. Tan pronto como lo vi supe que jamás nos llevaríamos bien. Y no, no era una intuición pesimista: era simplemente la valoración que sigue a la larga experiencia acumulada, a la repetición de un fracaso tras otro, a la asunción resignada de mi incapacidad crónica para comunicarme con el prójimo.
Sorprendentemente, no tardé en descubrir que el tal Atanasyo no era insoportable del todo. Era vulgar, desde luego, pero al menos no iba de listo. Es importante que la gente sencilla no hable de literatura o de cine. Conviene no mostrar un ego hinchado a las primeras de cambio. La gente egocéntrica suele despertar mi vena más arrogante y provocadora, y eso me acaba produciendo mucha ansiedad. Pero Atanasyo, por suerte, no parecía un bocazas. Su manera de hablar era espontánea, natural, sencilla. Me habló de su pueblo, de su llegaba a Madrid, de sus primeros trabajos en la capital, de su primera novia, de sus problemas con el inglés y de algunas banalidades más. Yo le escuchaba atentamente, sobre todo para evitar que se metiera en mi vida.
De pronto nos dimos cuenta de que habíamos dejado muy atrás al resto de compañeros. Los veíamos a lo lejos, como si fueran pequeñas e insignificantes hormiguitas. Estábamos totalmente separados del grupo. Entonces Atanasyo y yo nos miramos en busca de una solución. Quizá lo más lógico hubiera sido esperar a los demás, pero ninguno de los dos se atrevió a decir nada. Simplemente arqueamos las cejas, miramos hacia la cima de la montaña y seguimos avanzando.
Tras unos minutos de gélido silencio, quizá angustiados por nuestra radical separación del resto del grupo, el funcionario Atanasyo cometió la osadía de preguntarme por mi vida. En ese instante me sentí muy incómodo, casi bloqueado. Su entrometida pregunta me provocó un escalofrío que me sacudió el cuerpo desde la nuca hasta el recto. No me gusta que se metan en mis asuntos. Tengo muchos puntos débiles, pero hay uno especialmente intenso: me irrita que me desnuden, me asusta que me conozcan demasiado bien. Normalmente prefiero mostrarme a través de máscaras histriónicas, como esos payasos que saben convertir la melancolía en carcajada o la carcajada en una sátira devastadora. Evito por todos los medios hablar de mí. Detesto la charla sentimental, la confesión edulcorada y la vacuidad emotiva.
Atanasyo, sin embargo, no parecía entenderlo; no quería comprender que hay gente que no desea contarle su vida a nadie. No era capaz de asimilar que hablar de uno mismo es una espantosa muestra de mal gusto. De modo que el muchacho seguía preguntando. Por alguna extraña razón tenía que saberlo todo. O quizá solamente preguntaba por preguntar, como los comerciantes más hipócritas, como los niños malcriados, como las mujeres que se cuelgan del teléfono, como los funcionarios aburridos, con esa perversa curiosidad tan habitual en los policías y los paparazzi españoles. Como era de esperar, su apariencia simplona e inocente escondía un temperamento profundamente español, profundamente pesado.
Y el caso es que finalmente consiguió hacerme hablar. No sé por qué caí en su trampa, pero a los pocos segundos estallé y le revelé algunos detalles importantes de mi vida privada. Le dije que vivía solo, que llevaba años sin mojar la porra, que había perdido mis incontrolables apetitos dionisíacos de antaño. Le confesé que llamé a una prostituta y que no pude tirármela, que había empezado a sentir asco ante el sexo femenino, que una mujer desnuda me estimulaba tanto como un trozo de madera. Le conté que nada me parecía más repugnante que mis compañeros de trabajo, y que incluso había renunciado a las clases de inglés de la oficina para no tener que relacionarme con ellos.
No parecía comprenderme. Insistí. Le dije que me sentía apartado del mundo; que había creado un blog para relatar mis experiencias sexuales con frascos y botellas, pero que nadie había conseguido tomarme en serio. Le revelé que había tenido problemas en el recto como consecuencia de estas experiencias, y que incluso había pedido la baja laboral porque no podía permanecer sentado durante más de diez minutos. Le describí con crudeza la intensidad del escozor derivado de mis desgarros. Le dije que me gustaba escribir para machacar a la gente; que odiaba a los bohemios que van a clubes de jazz, y a los funcionarios que van a talleres de escritura creativa, y a los demócratas biempensantes, y muy especialmente a las tías que van de tristes por la vida. Le confesé que mi apatía era absoluta, que no sentía nada, que había empezado a drogarme, que esnifaba coca todas las tardes, que dejaba el gas encendido todas las noches, que no sabía qué hacer para empezar a sentir algo. Le expliqué con aparatosa sinceridad que me sentía muerto, que esperaba todas las noches una revelación, un milagro, una elevación eterna, algo extraordinario.
Atanasyo parecía asustado. Probablemente no había entendido nada de lo que le estaba contando. Quizá sólo quería desaparecer de allí y esperar al resto del grupo para hablar de cosas banales: de comida, de chistes, del tiempo, de la pradera, de fútbol, de política, de la inflación, de turismo, de sexo, de penetración macho-hembra; en una palabra, de cosas normales. Entonces decidí dejarlo en paz.
