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La Coctelera

PESTILENCIA COTIDIANA

Categoría: Ensayo

4 Noviembre 2008

NARCISISMO Y DESPOLITIZACIÓN EN EL CAPITALISMO TARDÍO


1. NARCISISMO: LA REALIDAD COMO ESPEJO DEL YO.
2. NARCISISMO Y DESPOLITIZACIÓN EN EL CAPITALISMO TARDÍO


1. NARCISISMO: LA REALIDAD COMO ESPEJO DEL YO

Por lo general, solemos utilizar el término “narcisismo” como sinónimo de egolatría o amor a uno mismo. Sin embargo, el trastorno narcisista de la personalidad es un tipo de egoísmo más amplio y distorsionado; es la tendencia a medir el mundo como si fuera un espejo del yo, o, dicho con otras palabras, como si fuera un gran teatro en el que el individuo proyecta aquellos intereses y necesidades que desea ver satisfechos.

Esta proyección del yo hacia el exterior, como es lógico, plantea numerosos problemas. Cuando en ese escenario se refleja una imagen inesperada, una imagen que está fuera de nosotros pero que apunta hacia nosotros (espejo), toda la capacidad de desear, imaginar y dar cuerpo a los propios deseos se ve amenazada. Cuando uno no puede distinguir entre el yo y el Otro, hasta el punto de que confunde la realidad con sus propias proyecciones, la estructura emocional puede quedar atrapada en una grave parálisis. Como en el mito de Narciso, el individuo se inclina tan cerca del espejo que sus propios reflejos pueden provocarle una sensación de total desorientación y distorsión.

Al proyectar sus propias necesidades en el mundo exterior, el narcisista aumenta de manera desproporcionada las expectativas depositadas en los demás; por eso acostumbra a exigirles un trato especial, una admiración manifiesta o permanentes muestras de reconocimiento hacia sus principales virtudes. Sus expectativas sociales se vuelven tan desmesuradas que la decepción posterior se convierte en inevitable. Al no existir límites entre el yo y el Otro, las experiencias interpersonales pierden su forma, nunca parecen lo bastante intensas y pueden acabar provocando, por un lado, una profunda sensación de “vacío”, incomprensión y frustración, y por otro, la adopción de respuestas infantiles y subjetivistas ante desafíos sociales importantes. Esto suele manifestarse en forma de arrogancia y menosprecio hacia los demás, en una ingenua búsqueda del aislamiento social (mito de Walden), en una constante necesidad de autoafirmación (“rareza”, “genialidad”, “marginalidad”) o en aquello que el filósofo Peter Sloterdijk denomina “extrañamiento del mundo”.

Además, estas construcciones y actitudes consoladoras del narcisista no suelen ser eficaces. Los delirios ególatras suelen alternarse de manera violenta con fuertes sentimientos de culpa, desilusión, frustración e impotencia. El individuo narcisista, aislado ocasionalmente en el refugio que le proporciona su condición de “raro incomprendido”, permanece en una posición antisocial que acaba distorsionando aún más la línea que divide su yo de la realidad exterior, lo que le impide comprender que el mundo exterior es un mundo independiente y que, en consecuencia, no puede ajustarse de manera exacta a las necesidades e imperativos de su yo.


2.- NARCISISMO Y DESPOLITIZACIÓN EN EL CAPITALISMO TARDÍO

A diferencia de los desórdenes que trataron los psiquiatras en las sociedades industriales —también llamadas fordistas—, las numerosas deformaciones narcisistas actuales atraviesan de manera evidente el plano individual y permiten observar, como a través de una lente de aumento, algunos desajustes sociales de carácter más complejo. Así, los desórdenes narcisistas se han convertido en uno de los síntomas psicológicos más fecundos para la formulación de análisis estructurales —ya sean de tipo macroeconómico, antropológico o sociológico— sobre el capitalismo tardío y sus nuevas estrategias de construcción de subjetividad y dominación.

El individuo narcisista que confiesa sentirse vacío, impotente, emocionalmente muerto o separado del mundo que le rodea carece de síntomas objetivos como la histeria, la fobia o la esquizofrenia. Por lo general, su trastorno puede resumirse como un desorden del carácter que se manifiesta en forma de distorsión o deformación en la relación del yo con su medio social. Así, para el narcisista no hay “objetos humanos” ni relaciones con objetos dotados de una realidad propia.

Este cuadro básico de la estructura emocional narcisista nos permita también analizar, en ese mismo ámbito macro, otro de los grandes fenómenos socioculturales de las sociedades más avanzadas. Me refiero a la creciente tendencia a evaluar las situaciones de clase y estatus como el resultado de los aciertos y fallos individuales en el ejercicio de las capacidades personales. Al haberse diluido el sentido de “responsabilidad social” —piedra angular del Estado de bienestar— en el resbaladizo magma posmoderno de la “responsabilidad individual” —propio de los modelos económicos liberales y de ámbito anglosajón—, el individuo deja de interpretar la distribución de premios, salarios y beneficios sociales como el resultado de la compleja interacción entre la estructura social y las aptitudes personales. En su lugar, las mónadas posmodernas evalúan su posición social como el resultado natural del despliegue de sus capacidades, esfuerzos y méritos personales, de suerte que aceptan sus éxitos con egolatría (“me he hecho a mí mismo, he luchado muy duro para llegar hasta aquí”, “nadie me ha regalado nada”, etc.) e interpretan sus fracasos en clave de culpa (“no he estado a la altura”, “he malgastado mi potencial”, etc.).

Así, algunos de los clásicos conflictos de la vida socio-laboral, tales como el acoso personal a los trabajadores (mobbing), la alteración unilateral de turnos de trabajo, el desempleo, el fracaso escolar, la drogodependencia o la interrelación entre factores personales y rendimiento laboral, han quedado atrapados en una compleja estrategia política individualizadora que, a fuerza de ofrecer “poderes pastorales” para paliar defectos estructurales, oculta la naturaleza real de los conflictos sociales y pone de manifiesto dos fenómenos de extraordinaria importancia: por un lado, la fuerza patógena del capitalismo para movilizar y extender una cultura narcisista acorde con sus necesidades de atomización y consumo; y por otro, la profundización de un proceso de privatización del conflicto político mediante el oscurecimiento y bloqueo de la experiencia social colectiva.

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10 Abril 2008

LOS NO-LUGARES

Con frecuencia creciente, pero muy especialmente en períodos vacacionales, podemos observar auténticas avalanchas de personas que deambulan apresuradas o perdidas, ignorándose unas a otras, en esos "no-lugares" que forman las terminales de los aeropuertos, los pasillos de avión, las estaciones de tren, los vestíbulos de las grandes cadenas hoteleras, los parques temáticos, los intercambiadores de metro, las agencias de alquiler de vehículos y toda la extensa malla de espacios que constituyen los circuitos turísticos.

Estos “no-lugares” son espacios fríos y despersonalizados, decorados vanguardistas pero sin estilo que encontramos en Madrid, Ámsterdam o Londres pero que también podríamos encontrar en Dubai, Tokio, Sao Paulo, Túnez o Damasco. En ellos se habla una lengua común: un sucedáneo del inglés que gira alrededor de la religión del libre mercado y de un mundo aparentemente sin fronteras. Allí el individuo aparece desintegrado entre la muchedumbre, distraído con experiencias fugaces y efímeras, desfigurado entre una masa acelerada y enérgica que necesita cambiar el decorado pero no su estilo de vida. En estos “no-lugares” se produce una repetición ritual y casi universal de actividades, expresiones y fórmulas de ocio que modulan la experiencia individual hasta convertirla en estandarizada, predecible y, en consecuencia, controlable. Así, el individuo contemporáneo desaprovecha su tiempo de ocio sometiéndose a una disciplina turística que, si bien no suele proporcionarle un gran placer, sí le permite tener la certeza de que está invirtiendo su tiempo libre de forma útil, provechosa y eficaz.

De esta manera, los “no-lugares” se han convertido en espejos que reflejan el fracaso de la experiencia social contemporánea. En ellos podemos observar, como a través de una lente de aumento, el estado de atomización, incomunicación y masificación que se ha impuesto en las grandes megalópolis contemporáneas, donde el Otro ya sólo puede ser percibido como una molesta realidad alienada y fantasmagórica que amenaza con interponerse en nuestro camino. Con otras palabras, los “no-lugares” nos permiten analizar una realidad sin precedente histórico: aquella que nos somete a un experiencia vertiginosa pero empobrecida, excitante y a la vez decepcionante, individualizada y estandarizada, donde el hombre dispone de una libertad infinita para elegir…, siempre y cuando elija la opción previamente diseñada por el mercado.

Tags: ensayo

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5 Abril 2008

BLOGS Y LITERATURA: MANIFIESTO POR UNA REVOLUCIÓN FRÍA

Desde mi patética condición de blogger divulgador y vulgarizador de todo cuanto estudio (lo cual no es poco), observo con un poco de tristeza la cantidad de blogs que, de una manera o de otra, se han adaptado a la lógica del periodismo convencional, ya sea por la forma que adoptan (artículos largos), ya sea por la tendencia a especializarse en una materia e intentar influir a favor de una causa concreta.

Desprovistos de los límites comerciales y estilísticos de la prensa escrita, los blogs ofrecen una libertad hasta hace poco inimaginable para el escritor. Para empezar, el blog permite establecer una relación directa entre escritor y lector, de tal modo que éste tiene la posibilidad de refutar los argumentos esgrimidos por el autor e, incluso, puede permitirse el lujo de burlarse de él y animarle a que abandone para siempre sus ingenuas fantasías literarias (de hecho, eso es lo que ocurre la mayoría de las veces). Esta relación directa entre autor y lector establece una novedad no del todo valorada por muchos bloggers. Para mi gusto, el post debería buscar una vía intermedia entre la buena literatura y la comunicación oral, de suerte que cada entrada, lejos de limitarse a transmitir información, se convirtiera en un mero pretexto para estimular un debate acerca del tema propuesto en el título del artículo (y digo título porque los posts, por regla general, no se leen).

En todo caso, los blogs han provocado la aparición de una figura híbrida entre la literatura y el debate oral, o, dicho de otro modo, han dado lugar a una especie de “escritura coloquial”. De pronto la palabra escrita cobra vida, se vuelve ágil, se deja oír. Es una comunicación en la que no hay voz, ni contacto físico, ni tan siquiera presencia, pero que sí está condicionada por el medio visual: utilizamos una tipografía, un tamaño de letra, un avatar, un apodo e incluso muchas personas —mujeres, sobre todo— utilizan emoticones y caritas. En definitiva, se trata de una fórmula de comunicación con unas características propias, híbridas, no del todo definidas, pero que hay que tener en cuenta si no queremos convertirnos en unos nostálgicos a quienes la tecnología barrió de la faz de la escritura.

Frente al rígido formato de la prensa escrita, los bloggers también podemos elegir —con límites, eso sí— el formato de nuestros escritos; podemos publicar lo que más nos apetezca y con la frecuencia que nos convenga, improvisando, experimentando, insultando, cambiando constantemente de registro, añadiendo vídeos o fotografías, e incluso tenemos la posibilidad de retorcer la gramática o formar juegos de palabras sin miedo a la posible intervención —siempre castradora— del corrector de pruebas. Y así transcurre el juego: escribimos, publicamos, nos releemos, descubrimos nuestros límites y entonces sufrimos nuevos altibajos emocionales, a veces a medio camino entre la frustración y la resignación, pero sin desistir jamás, siempre en busca de nuevos lectores, de nuevos comentaristas, de nuevos personajes virtuales, de nuevos solipsistas afines.

Curiosamente, son pocos los blogs que aprovechan estas posibilidades. Muchos escritores anónimos y solitarios, escondidos tras sus pretenciosos apodos, utilizan este medio para mostrar al mundo su tedio infinito, su soledad mal digerida y su triste condición de individuos desgraciados. Según Houellebecq, cada individuo debería ser capaz de producir por sí mismo una “revolución fría”. No es algo muy complicado; bastaría con apagar la televisión, abandonar la mesa del ordenador, desenchufar los electrodomésticos, desconectar del flujo informativo-publicitario y renunciar a la tentación de convencer, de influir, de ganarse el aplauso, de provocar, de tener razón. Es tan fácil como quedar inmóvil durante unos segundos. Pero nadie lo hace. Porque nadie es capaz de digerir su soledad. Porque nadie puede soportarse a sí mismo en silencio. Porque nadie puede renunciar a la participación epidérmica, superficial, en el mundo.

Tags: ensayo

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29 Marzo 2008

CONTRA LA EXCEPCIONALIDAD ESPAÑOLA. España no es diferente.

Entristece echar un vistazo a las listas de libros más vendidos en España. Cada semana, junto a los ya habituales títulos de Ken Follet o J. K. Rowling, entre los pelotazos mediáticos de Punset y José Antonio Marina, encontramos siempre algún gran tomo relacionado con aquello que coloquialmente solemos denominar, con más o menos acierto, “la idea de España”. Así, desde célebres historiadores hasta filósofos de renombre, desde tertulianos de emisora de radio hasta ex presidentes del gobierno, son muchos los autores que se lanzan a la aventura de encontrar o relanzar la excepcionalidad española. Los títulos de estas obras suelen rozar lo épico y lo angustioso, la exaltación romántica y el pesimismo desgarrador; se habla del regreso de las dos Españas, de las diecisiete ideas de España, de España ante el desafío de la Modernidad, de la España plural en la encrucijada, de España como problema, España no es un mito, España amenazada, Zapatero I de Expaña o, como en el caso de Sánchez Dragó, que ha recurrido a un chiste fácil: y si habla mal de España... es español.

Este panorama editorial resulta deprimente por varios motivos. En primer lugar, entristece porque permite confirmar que los españoles no sólo compran pocos libros y leen aún menos, sino que además tienen un gusto literario bastante trasnochado. En segundo lugar, demuestra que una gran parte de la derecha española, educada tal vez en los valores románticos y épicos de otros tiempos, mantiene una tendencia masoquista y morbosa que le lleva a hurgar continuamente en su herida más dolorosa, a saber, la del fracaso de España como imperio, como guía universal y como faro evangelizador y romántico frente a los perversos valores que representaba una Europa moderna, laica y liberal (a decir verdad, sólo una parte de Europa). Por último, permite comprobar que todavía se insiste en estereotipos (la imagen romántica de España), crisis históricas (el desastre del 98, el fracaso de la II República, la guerra civil, la posguerra, etc) e interpretaciones culturales e historiográficas (la picaresca como freno para la modernización social, la ausencia de una revolución burguesa, el fracaso de la industrialización en el sur de España, etc) para configurar un panorama dramático y extremadamente pesimista de la España contemporánea.

A decir verdad, somos muchos los que creemos que España no es un país especial. Esa es nuestra modesta y desapasionada posición. Desde luego no trataremos de negar la importancia de algunos acontecimientos excepcionales de nuestra historia reciente, como la guerra civil y la posterior dictadura militar de cuarenta años. Se trata, sencillamente, de atribuir estos problemas a factores económicos, sociales e históricos, y no a la particular forma de ser de los españoles. Precisamente fue el estereotipo de la España romántica lo que sirvió a los tecnócratas del Opus Dei para legitimar la dictadura franquista. Se decía que los españoles no estaban preparados para vivir en democracia, que eran demasiado apasionados, que tenían una tendencia innata a la pereza y que no sabían resolver sus diferencias de forma pacífica. También se decía que los españoles eran feos y de corta estatura, aunque los últimos treinta años hayan servido, entre otras cosas, para confirmar que las mejoras políticas y económicas también pueden tener unos efectos sorprendentes en los cuerpos, en la sexualidad e incluso en el gusto estético.

En definitiva, no aceptamos la “excepcionalidad española”. Es cierto que el siglo XIX español no fue como el francés, el alemán o el británico, pero tampoco fue muy diferente al portugués, al griego, al serbio o al turco. Junto a los fracasos colectivos hubo también otras realidades positivas: primeros códigos de leyes, construcción de una administración de justicia, industrialización en el norte del país, crecimiento económico más o menos sostenido desde 1870, desarrollo de algunas ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao, formación de una sociedad civil, primeros movimientos obreros y primeros pasos para proyectos educativos como la Institución Libre de Enseñanza.

La ausencia de una gran transformación industrial y liberal en la España contemporánea admite diferentes explicaciones. Y me atrevería a asegurar que todas ellas, mal que les pese a los historiadores y ensayistas románticos, no se deben a problemas de conciencia nacional ni a la singularidad del carácter español. Las causas deben buscarse en otros factores. Por apuntar sólo algunos, habría que insistir en el escaso empuje de los incentivos favorables a la inversión y la innovación ante un marco institucional que discriminaba la reinversión de los excedentes en el proceso de producción; en las desventajas derivadas de una orografía poco favorable para el desarrollo en infraestructuras y una climatología poco propicia para la diversificación productiva; en la baja calidad de la tierra en una gran parte del territorio peninsular, especialmente en las zonas centro y sur; o en la ausencia de los recursos naturales fundamentales para el crecimiento económico hasta bien entrado el siglo XX.

Estas explicaciones causales, confirmadas por historiadores tan prestigiosos como Juan Pablo Fusi, José Álvarez Junco, Jordi Palafox o Gabriel Tortella, son el resultado de importantes trabajos empíricos y de interminables discusiones académicas. Ninguno de estos argumentos, no obstante, es suficiente para vender un best-seller, ni para crear una bitácora polémica, ni para mantener una divertida tertulia de café junto a intelectuales literarios, y mucho menos para transformar algunos de los tópicos más arraigados acerca de la “españolidad”, la “esencia de España” o el destino fatal de España (o Expaña, como dicen los malos agoreros). Ni tan siquiera el debate político suele canalizarse a través de estos argumentos.

Es por esta actitud, por esta falta de profundidad, por esta extraña pereza mental de algunos españoles, por esta aceptación casi inconsciente de los estereotipos y las visiones esencialistas frente a las explicaciones causales y los trabajos empíricos, por lo que algunos hemos llegado a asegurar que la España contemporánea huele a cloaca. Con esto no queremos ofender a nadie; no dictamos una condena a cadena perpetua, ni tampoco una pena de muerte. Reconocemos la capacidad de nuestro reo para cambiar, para abandonar sus malos hábitos y para asearse un poco el rostro, los dientes e incluso el recto. Del mismo modo que hemos aprendido que los españoles no somos enanos y feos por naturaleza, también podemos aprender a asearnos y a respetar el derecho de los demás a respirar bien. Pero para ello, claro, antes habrá que aceptar que fue la modernidad la que nos trajo los grifos con agua caliente, y que hasta la roña más incrustada puede desaparecer cuando uno dispone de las condiciones necesarias para que así suceda.

Tags: ensayo

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