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La Coctelera

PESTILENCIA COTIDIANA

7 Septiembre 2011

LOS HIJOS BASTARDOS DE LA ILUSTRACIÓN

Arenga pronunciada por los hijos bastardos de la ilustración. Convencidos de que la Razón se impondrá sobre el Mal, construyen discursos racionalmente impecables, muy bien argumentados y basados en una lógica a veces aplastante. Demasiado aplastante para movilizar al último hombre.

El discurso cargado de razón y moralismo puede convencer al 3% de la población. Me refiero a ese grupo minúsculo y menguante que tiene inquietudes sociales y no bosteza cuando toca hablar de déficit. Pero el último hombre es egótico, resentido, pasional. Y a una pasión sólo la puede vencer otra pasión más fuerte y contraria, no una idea verdadera.

El último hombre no quiere soñar. Alejado de cualquier ilusión utópica, busca adaptarse al terreno, por pantanoso que sea, con la garantía de que no será el perdedor. No busca salir de la pocilga: sólo quiere que los demás le acompañen en el fango.

Los hijos bastardos de la ilustración son racionales y sensatos cuando se esfuerzan por desenmascarar las mentiras de Matrix. Sin embargo, eso no les convierte en unos iluminados con capacidad para descubrir el camino hacia la Verdad. Proteger el Estado de bienestar es necesario, sin duda, pero la estrategia defensiva no ilusiona. Para movilizar hay que mostrar algo apasionante, nuevo, desconocido.

Los hijos bastardos de la ilustración sufren la ansiedad del paranoico que se siente perseguido. Cuanto más gritan, menos se les escucha. Su distancia con el último hombre es creciente. Su desilusión, inevitable. Juzgan a sus compañeros de pocilga como sujetos pasivos, superficiales y conformistas, sin darse cuenta de que la resignación nunca es una actitud inocente. Por el contrario, puede ser activa, consciente e incluso liberadora.

El último hombre cree y confía en el poder. Quizá se pueda llegar a sentir decepcionado en algún momento, pero, en todo caso, desconfía de la lógica mesiánica de los hijos bastardos de la ilustración. Se resigna a atravesar una etapa dura, pero soportable. Soportable porque el conformismo es más agradable que la rebelión.

La astucia de Matrix consiste en que sabe obtener una complicidad silenciosa con promesas de felicidad vacuas, efímeras, incluso absurdas, pero asombrosamente efectivas. El último hombre se deja embaucar con facilidad. Puede leer este texto desde una Blackberry irresistible. Este fin de semana pueden volar a Düsseldorf por 19 euros gracias a Ryanair -y, por supuesto, puede aprovechar la experiencia para provocar la envidia de sus compañeros de pocilga. Se emociona hablando de las marcas blancas de Mercadona. Le encanta comprar ropa barata en H&M. Puede soportar una jornada de trabajo interminable mientras mantenga su sueño de ser un escritor de novelas. La máquina que le vampiriza también le ofrece su alimento preferido.

¿Derechos sociales? Eso sólo le afecta de lunes a viernes. También le podría afectar en el momento de la jubilación. Pero ¿quién le puede privar de un viaje low cost este fin de semana? Y si uno se siente triste, o agotado, o adormecido, siempre tiene la posibilidad de incluir dos clases de yoga en la agenda, darse una paliza en el gimnasio (¡las endorfinas!), tomar píldoras de la felicidad o reírse de las derrotas del equipo de fútbol más odiado. Obedecer es liberador. La derrota es soportable si los demás también son derrotados. La razón no puede vencer a las pasiones tristes.

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16 Julio 2011

PALABRAS MUERTAS

Estercolero de palabras muertas, expresiones vacías, pleonasmos, tautologías y otros dolores de muelas:

Empate técnico - virtual ganador - entrar dentro - flamante fichaje - a lo largo y ancho de toda la geografía española - en otro orden de cosas - en este sentido - influenciado - cosas a hacer - disco del año - a todos nos gusta vivir bien - la sociedad evoluciona - en algo hay que creer - "han" habido accidentes - visualizar - efectuar su entrada - mogollón de algo - encantado de conocerte - inicializar - ronda gala - hacer gala - pérfida albión - Estado español - los problemas que preocupan a los ciudadanos - consultor - inflacionar - flujo de caja - sobrepresupuestación - personalmente - ejecutivo - sistema cerrado - infinidad de fieles - este tema (musical) - movido por un resorte - yo no me creo superior a nadie - dejado de la mano de dios - dádiva - jodida cosa - trailer - depresión severa - centro de mayores - posponer un acto - adjunto te remito - aplicación PADRE - praxis - yo soy esto - bajar abajo - pensar en voz alta - eres raro - marear la perdiz - dame eso que está ahí - proceder al pago - ver con mis propios ojos - a la postre - hipotético caso - testigo presencial - adolecer de gol - leer el juego ofensivo - apurada de frenada - más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer - actualmente vigente - polos opuestos - anarquista de derechas - jueces y tribunales - gobierno de progreso - persona jurídica - un hombre que se hizo a sí mismo - triángulo de amor bizarro - evidencia científica - representante de los ciudadanos - neumáticos blandos - porque me lo han dicho - comer un coño - frío infernal - chatear con mis contactos - abrir un privado - "dictar" leyes - pase de la muerte - el mundo funciona como funciona - preveyó - espíritu de consenso - comercializar un producto - bajar a Madrid - banda de rock - a la mayor brevedad posible - de tanto en tanto - en otras palabras - nación de naciones - dieron su negativa - volar por los aires - aparato ideológico - hemos impreso - lo que dicte el corazón - core team - pues así a grosso modo - explosionar una bomba - flexibilizar el mercado - como bien sabes - los datos están ahí - hacer acopio de valentía - vigilar con atención - un hombre íntegro - remarcable - evento - alimentario - con toda probabilidad - en base a -  con todo lujo de detalles - a nivel de estudios - pasión desenfrenada - de rabiosa actualidad - me identifiqué con el protagonista - está entretenida - me han suspendido - maneja bien las rotaciones - carnet - jugar un rol - la dinámica del equipo - tener pareja - en sentido estricto - briefing - honrosas excepciones - sudar como un pollo - te agrego - hacer entrega - por tu propia seguridad - a todos y cada uno - eso te pasa por leer tantos libros - móviles de última generación - batería de preguntas - mujeres y lesbianas - perjudica seriamente - no seas aburrido - total y absolutamente - Intelligent dance music -  espía secreto - atentamente - no leas tanto chaval - un hecho cierto - ciertas cosas - no me gusta tu actitud - de cabo a rabo - hoy dormiremos una hora más - tolerancia cero - consejo publicitario - autores sin paliativos - los caminos del señor son inescrutables...

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16 Junio 2011

EL DESENCUENTRO

Esta mañana me han sucedido algunas cosas interesantes. Por ejemplo, he recuperado una costumbre que abandoné hace unos meses: las discusiones filosóficas con mi hermano a través del correo electrónico.

Estas discusiones rozaron en muchas ocasiones la charlatanería y acabaron contaminadas por un dogmatismo político bastante desagradable. En los últimos escritos era imposible ocultar el aire revanchista que parecía impulsar cada una de nuestras opiniones. Sin embargo, aquel intercambio también nos ayudó a adquirir un siempre costoso hábito de escritura y a buscar argumentos con los que apoyar nuestras afirmaciones, intuiciones, creencias o prejuicios. Lo que pudimos confirmar es que nuestras diferencias de temperamento, evidentes desde la infancia, también tenían un reflejo sorprendente en nuestras interpretaciones éticas, políticas y científicas.

Esta mañana hemos tenido una discusión acerca de la posibilidad de resolver los conflictos por medio de una ética del diálogo racional y democrática. A él le parece una ingenuidad, especialmente cuando se trata de afrontar asuntos tan espinosos como el aborto o la pena de muerte. Su perfil es claramente autoritario. En la universidad era partidario de que una autoridad (en este caso académica) fijase un único calendario de exámenes. No le importaba quedar excluido de la decisión. Prefería el orden. Detestaba las disputas entre compañeros y los intentos de manipulación de algún individuo sobre el resto de la clase.

En mi caso, no puedo negar que tengo dudas respecto a la llamada ética comunicativa o dialógica. A su favor encuentro la conveniencia de establecer procedimientos que permitan hablar a todos, de tal forma que hablantes y oyentes se reconozcan recíprocamente como interlocutores válidos, con autonomía suficiente para cuestionar la validez de las pretensiones de los demás. A todos nos cuesta aceptar una norma cuando no han contado con nosotros. El ser humano no es solamente una máquina fría y racional que persigue objetivos y la satisfacción de sus intereses; también es un ser afectivo, con emociones, que busca ser reconocido y aceptado por los otros. Esa dimensión afectiva y emocional me parece imprescindible cuando se trata de buscar un acuerdo.

En contra de la ética comunicativa o dialógica podría alegar varios argumentos. Por citar el principal, entiendo que se trata de la enésima fantasía ilustrada de origen kantiano. Tengo tanta fe en los trascendentalismos como un ateo en la idea de salvación. Los considero tan ingenuos e insulsos como esos tomos de mil páginas que apestan a habitación cerrada. Proponer una ética comunicativa basada en una 'comunidad ideal de habla' parece presuponer que todos partimos de similares plataformas culturales, socioeconómicas y educativas.

Es evidente que nuestras sociedades son complejas culturalmente. Esto dificulta el diálogo, hasta el punto de que algunos grupos ni siquiera reconocen como interlocutores válidos a otros. No sólo se expresan con lenguajes diferentes, sino que además se niegan a situarse en un mismo nivel. Un hombre profundamente religioso podría tener dificultades para admitir como interlocutora a una mujer feminista, y viceversa. Algunos ateos se niegan a discutir con creacionistas, mientras que los partidarios de una constitución se niegan a entablar un diálogo con quienes la rechazan de plano. La ética comunicativa pretende construir un procedimiento que acepte a todas estas partes. Es un proyecto arriesgado y loable; pero también es poco realista. No tiene en cuenta que algunos de esos discursos se expresan en lenguajes intraducibles.

Por otra parte, la desigualdad social está aumentando en las sociedades posmodernas. La crisis del Estado de bienestar, la desregulación financiera y el desarrollo tecnológico, entre otros factores, están contribuyendo a aumentar la brecha entre los diferentes estratos de la sociedad. Esto no sólo se traduce en diferencias de renta, descenso de la movilidad social o dificultades para el acceso a bienes y servicios básicos. También implica que unos grupos pueden crear opinión y otros no. Los grupos hegemónicos disponen de medios materiales que les permiten convertir su discurso en sabiduría convencional (o sentido común). En una sociedad cada vez más desigual y mediatizada, controlar los medios de comunicación equivale a controlar y consolidar una forma de pensamiento que anula la reflexión crítica.

Además de esas diferencias culturales y sociales, no se puede olvidar un hecho que atraviesa ambos planos para situarse en un contexto puramente político: toda sociedad establece una norma que produce un Otro, un grupo excluido, un cuerpo sin un espacio fijo en el entramado social. De ahí surge el conflicto social, la tensión entre el cuerpo social estructurado, en el que cada parte tiene su sitio (su palabra), y la parte sin parte, excluida, que aspira a tener una voz (véase el caso de los indignados españoles). Es difícil reconocer la existencia de ese Otro. Generalmente es invisible, bien porque es emergente, bien porque lo hemos apartado. Pero ese sujeto excluido, sin voz, sin sitio, expresa una verdad incuestionable: la del desequilibrio inherente a toda sociedad.

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16 Junio 2011

EL SEÑOR DE LAS MOSCAS

A una amiga se le ha ocurrido formular en su muro de Facebook una de esas preguntas con las que todos hemos jugado a ser filósofos: ¿La naturaleza humana es buena o mala?

Creo que la respuesta depende más de nuestro temperamento y de nuestras experiencias personales recientes que de una firme posición teórica. Generalmente se suele hablar de dos posiciones radicalmente enfrentadas: del lado pesimista, contamos con el mito judeocristiano del pecado original y la visión hobbesiana del 'homo homini lupus'; del lado optimista, destaca especialmente la interpretación rousseaniana del buen salvaje corrompido por el Estado y las instituciones sociales. La reciente investigación biológica y neurocientífica tampoco ha ayudado a resolver el enigma: existe una evidencia científica abrumadora que confirma la existencia de rasgos innatos favorables al altruismo y la cooperación con otros que respaldan la agresividad, el egoísmo y la desconfianza.

A mí me parece que la naturaleza humana no es esencialmente buena o mala. Si me atreviera a categorizarla de alguna manera, la definiría como compleja, múltiple e impredecible. Por otro lado, creo que lo bueno y lo malo, salvo excepciones, son categorías cargadas de valores que empleamos para ajustar la conducta (propia o ajena) a una norma social o a nuestros intereses.

Lo que sí demuestra la experiencia es que en un entorno autoritario y dogmático el ser humano tiene más posibilidades de devenir infeliz, resentido o fanático. El ambiente puede precipitar o incitar virtudes o debilidades individuales que de otro modo no saldrían nunca al exterior. Pero no es una regla exacta. Además del componente genético-biológico y el ambiente, se debe tener en cuenta otros factores como los condicionamientos sociales, el margen de libertad individual (estrecho pero innegable), el papel del azar o, incluso, la posibilidad de que las irracionalidades y las pasiones humanas puedan alterar el guión supuestamente marcado por nuestra 'naturaleza'.

Lo que con toda seguridad parece incuestionable es que hemos desarrollado una capacidad innata para preguntarnos obstinadamente por la bondad o maldad natural del ser humano. Según algunos psicólogos evolutivos, la arquitectura de nuestro cerebro ha evolucionado de tal forma que hemos desarrollado una capacidad cognitiva que nos lleva a procesar y reconstruir nuestras percepciones y categorizaciones de forma esencialista. Esta facultad tuvo una ventaja adaptativa, toda vez que permitía predecir algunos comportamientos. Pero también ha provocado un hábito intelectual bastante desagradable, a saber: nuestra obsesión por integrar a los individuos en grupos definidos por una esencia unívoca, predecible e invariable (gitanos, rumanos, negros, judíos, musulmanes, mujeres, homosexuales, comunistas, liberales, obreros, católicos, internautas, emos, hombres, buenos, malos...).

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16 Junio 2011

HÁLITOS DE MEZQUINDAD

De nuevo me había quedado dormido con la calefacción encendida. Tenía la frente empapada, mi garganta exhalaba un aliento cálido y, lo que es peor, una pestilente ola de esperma y sudor emanaba amenazadoramente de mi entrepierna. No podía dormir más. Mi cuerpo ardía. Eran apenas las seis de la mañana y el viento golpeaba con violencia el cristal de la ventana de la habitación. Posiblemente era una mañana gélida. Y, lo que es peor, tenía que acudir a la clínica.

Omitiré los motivos por los que tuve que esperar casi tres cuartos de hora para que me atendiera un batablanca. Me ahorraré una disertación arisca y agresiva sobre las razones por las que la puntualidad sigue siendo un problema central en la vida cotidiana española.

El batablanca aparentaba unos treinta y cinco años. Era alto, serio, excesivamente educado y muy poco atractivo. Llevaba una de esas barbas de chico moderno y políticamente correcto; es decir, la barba recortada y milimétricamente estudiada de los imberbes. Era como el ‘yerno perfecto', un tipo al que pedirías una limosna pero con el que nunca te irías de vacaciones a Chueca, Sitges o Gijón. Su mirada ingenua permitía adivinar un pasado aburrido, marcado por numerosas sesiones de estudio delante de un atril y por una prolongada castidad autoimpuesta. Con otras palabras, parecía uno de tantos pajilleros que desembocan en la carrera médica impulsados por su profundo humanismo compasivo.

Me ofreció asiento. Acepté. Nos miramos e inmediatamente noté que le caí mal. Es algo bastante habitual en mi vida. Mi seriedad y la ansiedad que denotan mis gestos repelen a la gente sencilla. Soy un poco estirado y eso suele generar resentimiento contra mí.

Le expuse mi problema con frialdad robótica y, como es lógico, le traté de usted:

- Mire, hace unos días empecé a notar un dolor intenso en la mandíbula derecha, a la altura de la muela del juicio. Estaba en la oficina y de pronto noté algunos pinchazos. Me metí un dedo en la boca y noté que la muela del juicio estaba intentando abrirse camino por un recoveco imposible. Se estaba clavando como un alfiler en una encía, ¿sabe usted?

El batablanca asintió en silencio, con una indiferencia irritante. Continué:

- Me dolía muchísimo, pero ese dolor sólo aparecía intermitentemente. Digamos que podía soportarlo. El problema era otro. El problema es que se me ocurrió llevarme el dedo a la nariz y descubrí que olía a mierda que apestaba. Es más, el dedo estaba manchado, por lo que no sólo olía a mierda sino que además tenía mierda. No era sangre, tampoco saliva. ¡Era mierda! Mierda que salía incomprensible de mi boca, de mis encías, de mi muela...

Observé que el batablanca tomaba notas. El muy burócrata parecía indiferente, como si despachara un trámite administrativo. Cuando acabé el relato me miró fijamente, con gesto serio, y con una corrección insultante me ofreció asiento en una butaca de dentista que tenía al fondo del despacho. Me dirigí hacia allí y me senté. Por curiosidad, volví a tocarme la muela del juicio y confirmé que un insoportable hedor a plasta seguía emanando de mi boca. Es más, apestaba tanto que me vi obligado a confesar al batablanca que me cepillaba los dientes tres veces al día.

No añadió una sola palabra. Impasible, frío y seguro de sí mismo, se cubrió la boca con una mascarilla y se enfundó un guante de goma. Penetró mi boca y hurgó en la muela del juicio con un ímpetu inesperado. Me provocó un ligero pinchazo, pero no quise dramatizar. No era para tanto. Además, el dolor no me preocupaba en absoluto, sólo me inquietaba el olor a mierda. La situación me parecía tan vergonzosa que opté por mirar hacia el infinito.

Por desgracia, el creciente silencio se introdujo en mi cuerpo y me provocó un escalofrío de ansiedad. Una fuerza similar a un temblor se apoderó de mi garganta y de pronto me sentí diminuto, insignificante, delante de aquel batablanca que ahora, súbitamente, se había convertido en una figura respetable y  paternal. Le revelé con un tono patético que me asustaba este problema, que no quería obsesionarme con esa peste. Le confesé que me aterrorizaba la posibilidad de provocar un rechazo generalizado entre mis compañeros. Siempre he detestado el mal aliento, la falta de higiene, la suciedad en general. Evito los barrios árabes. Nunca he comido en un restaurante chino. Me irrita la gente que sonríe con los dientes amarillos, las mujeres que no se rasuran los antebrazos y los viejos que se dignan salir a la calle con un cabello grasiento y fétido pegado a la cabeza. Soy limpio, impoluto. Detesto la hediondez avinagrada que emana de la muchedumbre en el metro, en los autobuses y en los festivales de música. Todos hemos tenido un amigo al que le apestaba la boca. Todos nos hemos mofado de él. Todos le hemos dado de lado.

Decidí callarme. Mientras tanto, el batablanca tomaba notas, cabizbajo, serio, sin prestarme atención, alimentando una atmósfera de silencio estridente. Reflexioné y comprendí que estaba dramatizando demasiado. No debía arrastrarme, ni siquiera debía hablar. Sólo había acudido a la consulta de un batablanca insulso y cuadriculado. Mi carácter obsesivo, una vez más, me había llevado a imaginarme solo, aislado como un leproso, asustado y huidizo como una rata que se siente amenazada por el veneno, los gatos y las estacas de aquellos a quienes produce repugnancia. Entonces el batablanca se acercó a mí, se quitó la mascarilla y me espetó el diagnóstico:

- Es una infección. La provoca la muela del juicio. Tus encías son demasiado sensibles. Quizá por eso también sangras cada vez que te cepillas. Puedes usar Desensin.

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16 Junio 2011

FLUIR

Es posible que el amor y la felicidad sean los temas sobre los que más se ha debatido y pensado a lo largo de la historia de la humanidad. Del amor me ocupé en la entrada anterior, en una versión diferente a la habitual (amor al destino). De la felicidad me gustaría ocuparme hoy, antes de acostarme, aunque sólo sea para ordenar algunas ideas.

Los seres humanos siempre hemos vivido encerrados en espacios compartidos. Un hombre enteramente solo, como bien sabía Aristóteles, es imposible: se convertiría en una bestia o en un dios. Frente a la triste imagen que ofrecen las mónadas autistas que deambulan, ignorándose unas otras, en el paisaje urbano contemporáneo, el verdadero alimento del ser humano es su pertenencia a un espacio social compartido. He ahí el fundamento, por ejemplo, de toda religión: no la verdad o verosimilitud de aquello que se constituye en sagrado, sino la adhesión a unos valores y la repetición de un conjunto de prácticas y rituales en los que una colectividad se reconoce a sí misma. No la fe (en una divinidad o salvación), sino la fidelidad (al grupo).

Incluso aquello que consideramos más íntimo, personal y subjetivo (pongamos por caso el gusto estético) pertenece y se conforma con arreglo al juego de la fascinación mutua. Aprendemos y deseamos los deseos de los otros, nos emocionamos cuando compartimos nuestros gustos con ellos. Constituimos burbujas o esferas de afinidades (parejas, familias, iglesias, asociaciones, grupos de música, tribus urbanas, hinchadas deportivas, etc.) que facilitan el intercambio afectivo y emocional con los otros.

El reconocimiento de esta dimensión social no supone una defensa de los comunitarismos frente a la libertad individual. Más allá de la simplista dicotomía individuo-sociedad, lo que interesa es constatar la imposibilidad de separar radicalmente al individuo de las burbujas en las que se constituye. Es decir, se trata de admitir un hecho tan inexorable y antiguo como la muerte, a saber: que siempre vivimos en espacios compartidos, dentro de esferas formadas por dos, tres o más individuos: placenta/feto, madre/hijo, familia, pareja, grupo de amigos, red social, etc. La pertenencia a esas esferas, lejos de suponer un freno a nuestra individualidad, es la base y la razón de ser de la misma.

Según explica la literatura neurocientífica, esta tendencia o necesidad de integrarnos en grupos con los que se comparten valores tiene una raíz psico-biológica. El individuo, para constituirse como tal, necesita el reconocimiento y la aceptación de los otros; necesita habitar en espacios culturales en los que las costumbres, creencias y valores son transmitidos, en gran medida, por medio de la aprobación o reprobación social. Esta valoración provoca emociones de agrado o desagrado que el individuo asocia de manera inevitable con la validez o invalidez de sus actuaciones o comportamientos. Unos, más conformes con la norma, deciden adaptarse; otros, más rebeldes, buscan una esfera diferente en la que puedan ser aceptados por los otros y fluir con ellos. El aislamiento radical es posible, sin duda, pero al precio indicado por Aristóteles.

Según una interpretación del neurobiólogo Antonio Damasio, la racionalidad humana se configuró evolutivamente a partir de una estructura valorativa preexistente. Razonamos a partir de valores, es decir, no podríamos razonar correctamente si prescindiéramos de la parte emocional del cerebro. El espectacular desarrollo intelectual de nuestra especie y el nacimiento y la consolidación de la 'cultura' se fundamentan en la capacidad de nuestros antepasados homínidos de categorizar, en términos de bueno o malo, las conductas propias y ajenas. Si no gozamos del reconocimiento y la aprobación de alguien, aunque sea de un único compañero de esfera, sufrimos. Basta un sólo gesto de reconocimiento y aprobación para que liberemos una cantidad infinita de angustia. Pocas emociones más cercanas a la felicidad que la de identificarse con alguien.

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15 Junio 2011

EL AMOR FATI

Creo que hay un momento decisivo en el que descubrimos que hemos dejado de ser adolescentes. Intentaré poner algún ejemplo. El adolescente tiene problemas para someter sus deseos al principio de realidad. Imagina algo y pretende que la realidad le entregue exactamente lo que había imaginado. Pero la realidad, por suerte, tiene una tendencia deliciosa a la rebeldía. En lugar de ajustarse a nuestros caprichos, hace lo que le da la gana. La chica que te gusta pasa olímpicamente de ti. Tus composiciones con la guitarra no dejan boquiabierto a nadie. Afrontar ese desajuste con una sonrisa o con una pataleta es lo que separa, creo, la edad adulta de la adolescente.

Utilizo estos ejemplos de desajustes entre el deseo y la realidad para enfrentarme al espinoso asunto del Amor Fati (amor al destino). Creo que nuestros primeros destellos de amor hacia el destino suelen adoptar la forma de la resignación estoica. "No pretendas que lo que sucede suceda como quieres, sino quiérelo tal como sucede, y te irá bien. Educarse es esto: aprender a querer las cosas tal como vienen", dijo Epicteto.

El inconveniente, claro, es que no siempre es posible amar todo lo que nos ocurre. ¿De verdad Epicteto podría soportar tan impasiblemente el suicidio de su mejor amigo? ¿Cómo podríamos querer 'tal como viene' la violación de un niño? Es fácil suponer que a la fórmula de Epicteto le faltan algunas dosis de realismo.

Además, no estoy seguro de que el camino hacia la sabiduría y la serenidad deba transcurrir necesariamente por las dulces arenas de la resignación. Nietzsche, un destemplado enemigo del 'ideal ascético', sostuvo igualmente que la fórmula para expresar la grandeza del hombre es el Amor Fati: "No querer que nada sea distinto, ni en el pasado ni en el futuro".

Ahora bien, ¿cómo podemos enlazar estas palabras con el temperamento vitalista del genial filósofo alemán? El objetivo de Nietzsche, creo, no es encadenarnos al poste del determinismo mecanicista, sino proponer un nuevo tipo de hombre que quiera para sí las leyes universales del destino, en lugar de limitarse a seguirlas ciegamente. Un ser adulto, lúcido, jovial y enérgico que esté dispuesto a luchar para que las cosas que deberían suceder, sucedan; para que aquello que merece existir, exista: "Vive este momento de tal modo que desees revivirlo". Así, el destino pasa a ser una decisión, una apuesta que deseamos revivir, repitiéndola eternamente, a partir de la aceptación del riesgo y la incertidumbre como condiciones indispensables para la vida. En definitiva, una manera de animarnos a vencer esas resistencias que nos someten al miedo paralizante, a la resignación escéptica y a la siniestra pulsión inmunizadora que atraviesan al ser humano contemporáneo.

Frente a esta actitud, sin embargo, sólo se me ocurre formular una pregunta: ¿y si de esta forma permaneciéramos sometidos al yugo asfixiante del narcisismo, esto es, a la dificultad para aceptar la distancia insalvable entre el deseo y la realidad? La propuesta de Nietzsche, sin duda, es estimulante; pero sigue faltando (o sobrando) algo. No seré yo quien proponga la solución, pero intuyo que podría estar muy cerca de la risa y la ironía...

Tags: vitalismo

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15 Junio 2011

JACQUES LACAN Y LA OPACIDAD DEL IRRACIONALISMO

El "irracionalismo" contemporáneo no es un fenómeno excepcional. Debido a sus dimensiones subjetivistas, catastrofistas y anticientíficas, no es difícil advertir su carácter histórico, su dimensión romántica y su inconfundible pretensión reaccionaria.

Al igual que en otros períodos históricos, el recorrido del "irracionalismo" contemporáneo ha transcurrido en paralelo al nacimiento y desarrollo --y no  solamente al declive-- de las corrientes racionalistas. No es de extrañar, por tanto, que su estudio también conlleve el análisis de fenómenos sociales tan desagradables como el esnobismo, el dandismo y, en algunos casos, la charlatanería más oscura y rebuscada. De acuerdo con el filósofo argentino Mario Bunge: "La mayoría de los irracionalistas han escrito con una prosa inexacta y a menudo impenetrable, un rasgo característico del romanticismo".

Nietzsche despreciaba la "simpleza ofensiva del estilo de John Stuart Mill". Heidegger no vapuleó a ningún ilustrado con esa vara tan contundente, pero en su lugar nos regaló una buena docena de expresiones incomprensibles y además tuvo la generosidad de incrustarlas en una prosa áspera y alambicada hasta lo mareante. La feminista radical Judith Butler, una de las precursoras de la Teoría Queer, advierte en su prólogo al libro El género en disputa que la llamada "claridad" es poco menos que un corsé provinciano, decimonónico y que impide la exposición de puntos de vista radicales: "¿Qué es lo que se esconde", pregunta Butler, "bajo el signo de claridad y cuál sería el precio de no mostrar ciertas reservas críticas cuando se anuncia la llegada de la lucidez? ¿Quién inventa los protocolos de la "claridad" y a qué intereses sirven? ¿Qué se excluye al insistir en los estándares provincianos de "transparencia" como un elemento necesario para toda comunicación? ¿Qué es lo que esconde la transparencia?".

Sin embargo, no todos los "irracionalistas" son tan "claros" a la hora de admitir su afición a los galimatías de frases opacas disimuladas tras la jerga de una determinada escuela. Jean-Claude Milner, por ejemplo, definió a Jacques Lacan como un autor "cristalino", lo cual contradecía al propio Lacan, que se veía a sí mismo como un "manierista". En una entrevista concedida en 1969 a Paulo Caruso, Lacan confiesa lo siguiente: "En el momento en que suministro la fórmula más avanzada de lo que justifica determinado estilo, a la vez declaro su necesidad ante un auditorio particular, el auditorio de los analistas. Yo he promovido sistemáticamente algunas fórmulas de estilo propio, para no eludir el objeto; o, más exactamente, me siento más a gusto en ellas, para dirigirme, a nivel de la comunicación escrita, al público que me interesa, el de los analistas".

El carácter sectario de la escuela lacaniana queda así claramente al descubierto. Algunos enemigos de la ilustración aseguran que en estos tiempos de decadencia, marcados por el consumismo y la "democratización de la cultura", la oscuridad es un recurso estilístico imprescindible para evitar la rápida banalización del pensamiento profundo, radical. Otros autores, como el esloveno Slavoj Zizek o el inglés Terry Eagleton, se han propuesto introducir la parte más racional del legado lacaniano en un cóctel explosivo de psicoanálisis, sociología de la cultura, materialismo histórico, relaciones internacionales y cultura pop.

Curiosamente, la oscurísima doctrina lacaniana también ha seducido a algunos teólogos católicos, que han encontrado en su tríada simbólico-imaginario-real una nueva fundamentación de la Santísima Trinidad (véase el ensayo El olvido de la razón, del filósofo argentino Juan José Sebreli). Y esto no es sorprendente: no olvidemos que Lacan también era un defensor del sentimiento de culpa. En la misma entrevista a Caruso, Lacan admite que el psicoanálisis no tiene como objetivo la eliminación de la culpa: "La culpabilidad, querido amigo, es la principal protección contra la angustia. Y como para esto va muy bien, sería un verdadero error renunciar a ella".

Pero debo admitir que Lacan, como filósofo y psicoanalista, sigue siendo un auténtico misterio para mí. Cuestión diferente es su estilo, y no digamos ya su personaje. Posiblemente ninguna descripción puede ser tan esclarecedora respecto al personaje Lacan como este texto de Tzvetan Todorov:

"Mi único encuentro personal con Lacan se desarrolló de esta manera: después de presentarme me llenó de elogios. A juzgar por lo que decía, no tenía más sueño en la vida que el de encontrarse conmigo. 'Usted se merece formar parte de mi círculo', me dijo, 'usted no es de esos adoradores que van a mi seminario y que no entienden nada de lo que digo. Venga a mi casa a las siete de la tarde y hablaremos'. Impulsado por la curiosidad y realmente envanecido, toqué su puerta a la hora convenida. Era otra persona: me trató con desdén, como si no comprendiera por qué me había permitido ir a molestarlo. Era toda una estrategia: seducir, después provocar, para al final crear dependencia. Me fui y nunca más lo vi en privado".

Sus conferencias en pijama también nos ofrecen algunas pistas:

*Vídeo de Jacques Lacan*

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