* RECUPERO ESTE BREVE TEXTO ESCRITO HACE UN AÑO. SE LO DEDICO A UNA FAN DE DEVENDRA BANHART. CON MUCHA TERNURA*
Una joven madrileña me intenta convencer para que la acompañe al concierto de Devendra Banhart. Por un momento dudo, consulto mi agenda y trazo un rápido programa mental para intentar compatibilizar la asistencia al concierto con mis plomizas responsabilidades laborales. Hay posibilidades, le digo. Solamente hay un pequeño problema: hace dos años que dejé de escuchar a Devendra Banhart.
Hay algo en ese sujeto que me chirría, que me resulta antipático, que me carga y que me hace mirar con infinito desprecio a la pequeña pero muy eficaz maquinaria mediática que ha tratado de convertir a este personaje en un nuevo Dylan, en un Nick Drake sofisticado, en un Mesías del folk, en un incuestionable artista de culto y en una especie de revolucionario buenrrollista posmoderno. Quizás pueda pecar de cínico, de rarito incomprendido o de ingenuo desmitificador, pero no puedo dejar de manifestar aquí, en esta ignorada plataforma egomaníaca, que detesto a Devendra Banhart con todas mis fuerzas, que no soporto sus forzados falsetes, que todas sus canciones me parecen iguales y que encuentro tanta frescura en su propuesta neohippie como belleza en una balada jevi.
Ignoro las razones por las que la masa gafapasta sigue mirando al resto de los mortales con esa arrogancia tan ingenua, con ese colmo de petulancia que les puede llevar a creer, a partir de un sorprendente y trasnochado sentido estético kantiano, que poseen un don singular para la contemplación desinteresada, para experimentar lo bello como finalidad sin fin y para captar la auténtica esencia del arte. Queridos y sofisticados "undergrounds de diseño", estúpidos devoradores de "objetos de culto", ingenuos consumidores de ídolos fabricados, insufribles charlatanes de lo estético, delicados jovenzuelos, dejadme que os diga una cosa: creced, madurad, leed a Pierre Bourdieu y abandonad para siempre esa seriedad tan adolescente, estirada y pedantuela.
La idea del Cybernetic Organism sufrió tal abuso por parte de la divulgación científica, las plataformas religiosas y la literatura de ciencia-ficción que ha quedado muy distorsionada respecto al proyecto inicial. En efecto, cuando el término Cyborg fue presentado oficialmente por Clynes y Kline, en 1961, hacía alusión a un mecanismo de realimentación biológica que no tenía conocimiento de sí mismo, pero que se podría acoplar a los seres humanos con el fin de que éstos pudieran tener más "libertad" para pensar, para explorar. La definición exacta de este instrumento fue: "Complejo organizacional exógenamente expandido que funciona como un sistema integrado inconscientemente". Es decir, el proyecto de Cybernetic Organism hacía referencia a la agregación de artilugios inertes, indiferentes —esto es, no interactivos— a cuerpos (léase hombres) que sí interactuaban. De ahí el estereotipo del cyborg como híbrido entre máquina y hombre.
La ciencia-ficción se escandalizó ante esa propuesta (que hoy no nos escandalizaría en absoluto) y fabricó esa idea tan romántica y pueril, por distópica, de una "sociedad" formada por híbridos hombre-máquina interactivos y con plena consciencia de su condición robótica. Pero esta idea ignoraba, sin embargo, el elemento primordial del organismo cibernético, a saber: la incorporación de un agregado inerte y complejo a un cuerpo que quedaba corregido pero que, simultáneamente, no era plenamente consciente de esta circunstancia. Como bien indicó Donna Haraway hace ya más de diez años, en el mundo contemporáneo todos somos híbridos de máquinas y organismos, todos somos cuerpos teorizados y fabricados, todos somos vitalidades alimentadas artificialmente, todos somos monstruosidades corregidas farmacológica o genéticamente, todos somos pseudovoluntades impotentes pero estimuladas; en una palabra, somos cyborgs.
Y somos cyborgs, fundamentalmente, porque nuestra condición híbrida se ha constituido de un modo muy semejante al que proyectaron Clynes y Kline. Un tema apasionante y complejo, sin duda, que nos permitiría formular preguntas como la siguiente: ¿hasta qué punto esos complejos organizacionales exógenamente expandidos ideados por Clynes y Kline se han transformado en biobucles para la alteración de la conducta, a fin de disminuir los síntomas de la depresión?
La crónica oficial te describiría como radiante, explosiva, llena de energía. Yo te veo resuelta, vitalista, gozosa, orgasmizada.
Imagino las sucias caras de todos tus admiradores de (...) y veo sus muecas de ironía resentida, de tembloroso cinismo narcisista, de acidez proterva y temerosa. Atrapados emocionalmente por sus desmedidos e ingenuos Yoes, se limitan a observar como consumidores pasivos tu reencuentro con la vida, con la creación, con la expresión, con la necesidad pura y sublime de dejar de mirar y pasar a la acción.
Con su amargura resentida no hacen más que confirmar su condición de marionetas atrapadas por un engañoso ideal de libertad, distraídos siempre entre banalidades insignificantes, emprendiendo una permanente y estéril búsqueda de algo más, impotentes, tratando de agarrar con las manos un deseo que nunca pueden colmar porque no es tal (es el vacío), inventando máscaras para ocultar su grotesca monstruosidad, flagelándose como vitalidades atontadas, autocastigándose como entidades semidepresivas, estrellándose contra su propia impotencia, ignorantes, autocompadeciéndose por medio de una romántica y absurda idealización de las pasiones tristes, podridos de seriedad, tuberculosos del arte, tumores de la creación, víctimas de la autosuficiencia, mediocridades profundamente insatisfechas, reos torturados por un Amo Inquisidor ante el que no pueden oponer resistencia, en una palabra, voluntades narcisistas e insolentes que se aborrecen a sí mismas y emprenden cada día una inútil huida hacia adelante, una fuga silenciosa pero desesperada para alejarse de sí --una fantasía impulsada por su angustiosa necesidad de salir de un castillo del que nadie puede escapar por sí mismo.
Se dice que la aparición del sexo virtual o cibernético ha provocado una ruptura radical con el pasado. Se afirma que el “sexo real” está perdiendo terreno frente al goce masturbatorio, cuyo único sostén es el otro virtual. Maticemos.
El acto sexual "real" (el acto que practicamos con una pareja de carne y hueso) es también inherentemente fantasmático: el cuerpo real del otro sólo nos sirve como apoyo masturbatorio y como sostén para nuestras proyecciones fantasmáticas. En otras palabras, no hay ninguna diferencia esencial entre el "sexo real" y el "sexo virtual"; sencillamente, el "sexo virtual" (por ejemplo, el sexo telefónico, las revistas pornográficas, incluso el sexo virtual a través de webcam, etc.) sólo pone de manifiesto la estructura fantasmática —ilusoria, imaginaria— del "sexo real" que practicamos con una pareja de carne y hueso. El sujeto humano, cuando lleva a cabo el acto sexual con otro sujeto humano, lo hace siempre a través de fantasías; el propio goce que una persona experimente en el acto sexual dependerá únicamente de sus fantasías acerca del acto sexual en sí mismo y acerca del “otro real” que se sitúa en un espacio físico contiguo.
En resumen, cuandola relación sexual se halla desprovista de proyecciones fantasmáticas o éstas no son lo bastante fuertes y vívidas, el acto sexual deviene insignificante, decepcionante yabsolutamente banal. Sin la ayuda de las proyecciones fantasmáticas, el acto sexual “real” se reduce a una persona que se masturba en un espacio físico contiguo a otra persona que también se masturba. De ahí que el descubrimiento de esa estructura fantasmática del acto sexual provoque una sensación cercana al desencantamiento, la soledad, el absurdo y la estupidez —una sensación que, dicho sea de paso, todos hemos experimentado alguna vez (o incluso siempre) en la relación sexual llamada real.
1. NARCISISMO: LA REALIDAD COMO ESPEJO DEL YO.
2. NARCISISMO Y DESPOLITIZACIÓN EN EL CAPITALISMO TARDÍO
1. NARCISISMO: LA REALIDAD COMO ESPEJO DEL YO
Por lo general, solemos utilizar el término “narcisismo” como sinónimo de egolatría o amor a uno mismo. Sin embargo, el trastorno narcisista de la personalidad es un tipo de egoísmo más amplio y distorsionado; es la tendencia a medir el mundo como si fuera un espejo del yo, o, dicho con otras palabras, como si fuera un gran teatro en el que el individuo proyecta aquellos intereses y necesidades que desea ver satisfechos.
Esta proyección del yo hacia el exterior, como es lógico, plantea numerosos problemas. Cuando en ese escenario se refleja una imagen inesperada, una imagen que está fuera de nosotros pero que apunta hacia nosotros (espejo), toda la capacidad de desear, imaginar y dar cuerpo a los propios deseos se ve amenazada. Cuando uno no puede distinguir entre el yo y el Otro, hasta el punto de que confunde la realidad con sus propias proyecciones, la estructura emocional puede quedar atrapada en una grave parálisis. Como en el mito de Narciso, el individuo se inclina tan cerca del espejo que sus propios reflejos pueden provocarle una sensación de total desorientación y distorsión.
Al proyectar sus propias necesidades en el mundo exterior, el narcisista aumenta de manera desproporcionada las expectativas depositadas en los demás; por eso acostumbra a exigirles un trato especial, una admiración manifiesta o permanentes muestras de reconocimiento hacia sus principales virtudes. Sus expectativas sociales se vuelven tan desmesuradas que la decepción posterior se convierte en inevitable. Al no existir límites entre el yo y el Otro, las experiencias interpersonales pierden su forma, nunca parecen lo bastante intensas y pueden acabar provocando, por un lado, una profunda sensación de “vacío”, incomprensión y frustración, y por otro, la adopción de respuestas infantiles y subjetivistas ante desafíos sociales importantes. Esto suele manifestarse en forma de arrogancia y menosprecio hacia los demás, en una ingenua búsqueda del aislamiento social (mito de Walden), en una constante necesidad de autoafirmación (“rareza”, “genialidad”, “marginalidad”) o en aquello que el filósofo Peter Sloterdijk denomina “extrañamiento del mundo”.
Además, estas construcciones y actitudes consoladoras del narcisista no suelen ser eficaces. Los delirios ególatras suelen alternarse de manera violenta con fuertes sentimientos de culpa, desilusión, frustración e impotencia. El individuo narcisista, aislado ocasionalmente en el refugio que le proporciona su condición de “raro incomprendido”, permanece en una posición antisocial que acaba distorsionando aún más la línea que divide su yo de la realidad exterior, lo que le impide comprender que el mundo exterior es un mundo independiente y que, en consecuencia, no puede ajustarse de manera exacta a las necesidades e imperativos de su yo.
2.- NARCISISMO Y DESPOLITIZACIÓN EN EL CAPITALISMO TARDÍO
A diferencia de los desórdenes que trataron los psiquiatras en las sociedades industriales —también llamadas fordistas—, las numerosas deformaciones narcisistas actuales atraviesan de manera evidente el plano individual y permiten observar, como a través de una lente de aumento, algunos desajustes sociales de carácter más complejo. Así, los desórdenes narcisistas se han convertido en uno de los síntomas psicológicos más fecundos para la formulación de análisis estructurales —ya sean de tipo macroeconómico, antropológico o sociológico— sobre el capitalismo tardío y sus nuevas estrategias de construcción de subjetividad y dominación.
El individuo narcisista que confiesa sentirse vacío, impotente, emocionalmente muerto o separado del mundo que le rodea carece de síntomas objetivos como la histeria, la fobia o la esquizofrenia. Por lo general, su trastorno puede resumirse como un desorden del carácter que se manifiesta en forma de distorsión o deformación en la relación del yo con su medio social. Así, para el narcisista no hay “objetos humanos” ni relaciones con objetos dotados de una realidad propia.
Este cuadro básico de la estructura emocional narcisista nos permita también analizar, en ese mismo ámbito macro, otro de los grandes fenómenos socioculturales de las sociedades más avanzadas. Me refiero a la creciente tendencia a evaluar las situaciones de clase y estatus como el resultado de los aciertos y fallos individuales en el ejercicio de las capacidades personales. Al haberse diluido el sentido de “responsabilidad social” —piedra angular del Estado de bienestar— en el resbaladizo magma posmoderno de la “responsabilidad individual” —propio de los modelos económicos liberales y de ámbito anglosajón—, el individuo deja de interpretar la distribución de premios, salarios y beneficios sociales como el resultado de la compleja interacción entre la estructura social y las aptitudes personales. En su lugar, las mónadas posmodernas evalúan su posición social como el resultado natural del despliegue de sus capacidades, esfuerzos y méritos personales, de suerte que aceptan sus éxitos con egolatría (“me he hecho a mí mismo, he luchado muy duro para llegar hasta aquí”, “nadie me ha regalado nada”, etc.) e interpretan sus fracasos en clave de culpa (“no he estado a la altura”, “he malgastado mi potencial”, etc.).
Así, algunos de los clásicos conflictos de la vida socio-laboral, tales como el acoso personal a los trabajadores (mobbing), la alteración unilateral de turnos de trabajo, el desempleo, el fracaso escolar, la drogodependencia o la interrelación entre factores personales y rendimiento laboral, han quedado atrapados en una compleja estrategia política individualizadora que, a fuerza de ofrecer “poderes pastorales” para paliar defectos estructurales, oculta la naturaleza real de los conflictos sociales y pone de manifiesto dos fenómenos de extraordinaria importancia: por un lado, la fuerza patógena del capitalismo para movilizar y extender una cultura narcisista acorde con sus necesidades de atomización y consumo; y por otro, la profundización de un proceso de privatización del conflicto político mediante el oscurecimiento y bloqueo de la experiencia social colectiva.
Con frecuencia creciente, pero muy especialmente en períodos vacacionales, podemos observar auténticas avalanchas de personas que deambulan apresuradas o perdidas, ignorándose unas a otras, en esos "no-lugares" que forman las terminales de los aeropuertos, los pasillos de avión, las estaciones de tren, los vestíbulos de las grandes cadenas hoteleras, los parques temáticos, los intercambiadores de metro, las agencias de alquiler de vehículos y toda la extensa malla de espacios que constituyen los circuitos turísticos.
Estos “no-lugares” son espacios fríos y despersonalizados, decorados vanguardistas pero sin estilo que encontramos en Madrid, Ámsterdam o Londres pero que también podríamos encontrar en Dubai, Tokio, Sao Paulo, Túnez o Damasco. En ellos se habla una lengua común: un sucedáneo del inglés que gira alrededor de la religión del libre mercado y de un mundo aparentemente sin fronteras. Allí el individuo aparece desintegrado entre la muchedumbre, distraído con experiencias fugaces y efímeras, desfigurado entre una masa acelerada y enérgica que necesita cambiar el decorado pero no su estilo de vida. En estos “no-lugares” se produce una repetición ritual y casi universal de actividades, expresiones y fórmulas de ocio que modulan la experiencia individual hasta convertirla en estandarizada, predecible y, en consecuencia, controlable. Así, el individuo contemporáneo desaprovecha su tiempo de ocio sometiéndose a una disciplina turística que, si bien no suele proporcionarle un gran placer, sí le permite tener la certeza de que está invirtiendo su tiempo libre de forma útil, provechosa y eficaz.
De esta manera, los “no-lugares” se han convertido en espejos que reflejan el fracaso de la experiencia social contemporánea. En ellos podemos observar, como a través de una lente de aumento, el estado de atomización, incomunicación y masificación que se ha impuesto en las grandes megalópolis contemporáneas, donde el Otro ya sólo puede ser percibido como una molesta realidad alienada y fantasmagórica que amenaza con interponerse en nuestro camino. Con otras palabras, los “no-lugares” nos permiten analizar una realidad sin precedente histórico: aquella que nos somete a un experiencia vertiginosa pero empobrecida, excitante y a la vez decepcionante, individualizada y estandarizada, donde el hombre dispone de una libertad infinita para elegir…, siempre y cuando elija la opción previamente diseñada por el mercado.
Desde mi patética condición de blogger divulgador y vulgarizador de todo cuanto estudio (lo cual no es poco), observo con un poco de tristeza la cantidad de blogs que, de una manera o de otra, se han adaptado a la lógica del periodismo convencional, ya sea por la forma que adoptan (artículos largos), ya sea por la tendencia a especializarse en una materia e intentar influir a favor de una causa concreta.
Desprovistos de los límites comerciales y estilísticos de la prensa escrita, los blogs ofrecen una libertad hasta hace poco inimaginable para el escritor. Para empezar, el blog permite establecer una relación directa entre escritor y lector, de tal modo que éste tiene la posibilidad de refutar los argumentos esgrimidos por el autor e, incluso, puede permitirse el lujo de burlarse de él y animarle a que abandone para siempre sus ingenuas fantasías literarias (de hecho, eso es lo que ocurre la mayoría de las veces). Esta relación directa entre autor y lector establece una novedad no del todo valorada por muchos bloggers. Para mi gusto, el post debería buscar una vía intermedia entre la buena literatura y la comunicación oral, de suerte que cada entrada, lejos de limitarse a transmitir información, se convirtiera en un mero pretexto para estimular un debate acerca del tema propuesto en el título del artículo (y digo título porque los posts, por regla general, no se leen).
En todo caso, los blogs han provocado la aparición de una figura híbrida entre la literatura y el debate oral, o, dicho de otro modo, han dado lugar a una especie de “escritura coloquial”. De pronto la palabra escrita cobra vida, se vuelve ágil, se deja oír. Es una comunicación en la que no hay voz, ni contacto físico, ni tan siquiera presencia, pero que sí está condicionada por el medio visual: utilizamos una tipografía, un tamaño de letra, un avatar, un apodo e incluso muchas personas —mujeres, sobre todo— utilizan emoticones y caritas. En definitiva, se trata de una fórmula de comunicación con unas características propias, híbridas, no del todo definidas, pero que hay que tener en cuenta si no queremos convertirnos en unos nostálgicos a quienes la tecnología barrió de la faz de la escritura.
Frente al rígido formato de la prensa escrita, los bloggers también podemos elegir —con límites, eso sí— el formato de nuestros escritos; podemos publicar lo que más nos apetezca y con la frecuencia que nos convenga, improvisando, experimentando, insultando, cambiando constantemente de registro, añadiendo vídeos o fotografías, e incluso tenemos la posibilidad de retorcer la gramática o formar juegos de palabras sin miedo a la posible intervención —siempre castradora— del corrector de pruebas. Y así transcurre el juego: escribimos, publicamos, nos releemos, descubrimos nuestros límites y entonces sufrimos nuevos altibajos emocionales, a veces a medio camino entre la frustración y la resignación, pero sin desistir jamás, siempre en busca de nuevos lectores, de nuevos comentaristas, de nuevos personajes virtuales, de nuevos solipsistas afines.
Curiosamente, son pocos los blogs que aprovechan estas posibilidades. Muchos escritores anónimos y solitarios, escondidos tras sus pretenciosos apodos, utilizan este medio para mostrar al mundo su tedio infinito, su soledad mal digerida y su triste condición de individuos desgraciados. Según Houellebecq, cada individuo debería ser capaz de producir por sí mismo una “revolución fría”. No es algo muy complicado; bastaría con apagar la televisión, abandonar la mesa del ordenador, desenchufar los electrodomésticos, desconectar del flujo informativo-publicitario y renunciar a la tentación de convencer, de influir, de ganarse el aplauso, de provocar, de tener razón. Es tan fácil como quedar inmóvil durante unos segundos. Pero nadie lo hace. Porque nadie es capaz de digerir su soledad. Porque nadie puede soportarse a sí mismo en silencio. Porque nadie puede renunciar a la participación epidérmica, superficial, en el mundo.
El resentido ofrece el retrato de la incomunicación contemporánea; representa el miedo a lo impropio, el apego al espacio doméstico, a lo inmediato. La suya es la rebelión de una vida sin forma, que sólo busca autoconservarse, cobijarse en una burbuja de virilidad ficticia, protegerse de las amenazas exteriores, inmunizarse antes de recibir la herida. El resentido no puede soportar la alteridad, lo diferente, lo fuerte; por eso es excluyente y solitario. Posee la rebeldía del enquistado, del que no quiere ser de otro modo, del que construye identidades teatrales para no tener que afrontar el desafío de ser otro, de mejorar, de hacer frente al Amo.
Todo resentimiento se construye sobre una indignación falsa, impostada. Tras la máscara cínica sólo hay falsa visceralidad; es lo que vemos en la prensa sensacionalista, en algunos políticos ultraconservadores, en el misántropo, en el sátiro, en el racista, en el débil que asesina a su mujer. El resentimiento no es un sentimiento de indignación; es algo mucho más nocivo. Es una esclavitud que se disfraza de virilidad, de falo, de gamberrismo impostado, de machismo, de músculo, de autoritarismo, de identidad dominante, de violencia, de soberanía, de oscuridad, de reactividad, de debilidad, de mala conciencia.
El resentido es narcisista. Rechaza cualquier compromiso que no conlleve “autorrealización personal”. Acepta los derechos como favores que se le deben, pero nunca parece dispuesto a reconocer sus deberes y obligaciones con los demás; sólo busca obtener el máximo beneficio del otro. Su resentimiento es el reconocimiento tácito de su derrota, de su fracaso, de su debilidad, de su vulnerabilidad, de su resignación, de su sometimiento a un Amo ante el que no puede ofrecer resistencia. Su Amo se ha tornado invencible, de ahí que el resentido adopte esa actitud de continua y ficticia provocación —la mística de la transgresión— frente a un Amo falso.
El resentido es profundamente cobarde; jamás se enfrenta a su Amo. Su mezquindad sólo intenta perturbar a un pequeño amo ficticio, débil, manipulable, inocente.